Sinvergüenza Estaban repartiendo la herencia de papá. Mi hermana Claudia recibió 5 millones. Mi hermano Jaime recibió 5 millones. Luego me tocaba a mí. El notario hizo una pausa de tres segundos completos y me miró. —Una fotografía. Me quedé helada. —¿Qué coño? ¿Una fotografía? Deslizó un sobre por la mesa. Lo abrí. Dentro había una foto grupal de hace veinte años. ¿Entonces Claudia y Jaime se llevaban 5 millones cada uno, y yo me quedaba con una fotografía? Muy justo, papá. Jodidamente justo. Capítulo 1

Estaban repartiendo la herencia de papá.

Mi hermana Claudia recibió 5 millones.

Mi hermano Jaime recibió 5 millones.

Luego me tocaba a mí.

El notario hizo una pausa de tres segundos completos y me miró.

—Una fotografía.

Me quedé helada.

—¿Qué coño? ¿Una fotografía?

Deslizó un sobre por la mesa.

Lo abrí. Dentro había una foto grupal de hace veinte años.

¿Entonces Claudia y Jaime se llevaban 5 millones cada uno, y yo me quedaba con una fotografía?

Muy justo, papá. Jodidamente justo.

Me quedé mirando esa foto durante lo que pareció una eternidad.

Yo con diecisiete años. Coleta. Ropa típica de estudiante. De pie bajo el granado del patio trasero de nuestra antigua casa.

Era un mes antes de la Selectividad. Papá llegó a casa —algo rarísimo— y dijo que quería hacerme una foto.

—Cuando entres en la universidad, voy a ampliarla y colgarla en el salón.

Ese día sonreía como un idiota. Hasta se puso una camisa blanca limpia para la ocasión.

Esa fue la única foto que me hizo.

Y la última vez que me dijo: «Tú puedes, cariño».

—Oye. —La voz de Jaime interrumpió mis pensamientos—. ¿Estás bien?

Levanté la vista hacia él.

Tenía la cara toda retorcida, como si quisiera consolarme pero no supiera cómo.

—Estoy bien.

Volví a meter la foto en el sobre y me levanté.

—¿Hemos terminado? Me voy.

—Espera. —Claudia me detuvo—. ¿No vas a decir nada?

Me di la vuelta.

Claudia iba envuelta en un carísimo abrigo beige de cachemira, con tacones de diseño repiqueteando en el suelo. Había vuelto de París hace dos años, se compró un ático en el Distrito de Chamberí de Madrid—el pago inicial cortesía de sus suegros, obviamente.

—¿Decir qué?

—Es que... —Vaciló—. ¿No crees que la forma en que papá repartió las cosas es...?

—No.

Agarré mi bolso.

—El dinero de papá, su decisión. Ya está hecho. ¿De qué hay que hablar?

—Pero...

—Claudia. —La corté—. Tú tienes tus 5 millones. Yo tengo mi fotografía. Cada una por su lado. Me parece perfecto.

Claudia abrió la boca, pero no salió nada.

Jaime se quedó ahí mirando al suelo, perdido en sus pensamientos.

No miré atrás. Simplemente salí.

Fuera, caía la lluvia, fría como el demonio.

Me quedé frente a la notaría y encendí un cigarrillo.

Lo había dejado hace tres años. Supongo que hoy era el día de la recaída.

Cinco millones.

Cinco millones.

Una fotografía.

Me reí, sin saber de qué.

Veinte años.

De los diecisiete a los treinta y siete, lo di todo por esta familia durante veinte putos años.

Y al final, papá me dejó una foto de hace veinte años.

Me vibró el móvil. Mamá.

—Hola, cariño. ¿Ya habéis terminado?

—Sí.

—¿Dónde están Claudia y Jaime?

—Ni idea. Me he ido.

—¿Por qué no los has esperado?

—Mamá. —Di una calada larga—. Estoy agotada. Quiero irme a casa.

—¿A casa? ¿A qué casa?

Me quedé helada.

Sí. ¿A qué casa?

¿La casa familiar? El testamento de papá lo dejaba clarísimo: es para Jaime.

¿Mi piso de alquiler? Un cuchitril de 25 metros cuadrados. 450 euros al mes.

No tengo casa propia.

Tengo treinta y siete años, divorciada desde hace cinco, sin hijos, con menos de 100.000 euros ahorrados.

Y todo empezó con esa fotografía.

Aquel verano cuando tenía diecisiete años.

Quedé entre el 3% de los mejores resultados de la Selectividad.

Tenía pensado ir a la Universidad Autónoma de Barcelona para estudiar Literatura.

Papá echó un vistazo a mi carta de admisión y dijo:

—¿Para qué coño necesita una chica ir a la universidad? Jaime se presenta el año que viene. ¿Crees que podemos permitirnos dos matrículas?

Esa noche, lloré en mi almohada hasta que no pude respirar.

A la mañana siguiente, anulé mi plaza en la universidad y conseguí trabajo en una fábrica textil.

Tenía diecisiete años.

Jaime tenía dieciséis.

Desde ese día, mi sueldo iba directo a mamá.

Me quedaba 300 euros al mes. ¿El resto? A casa.

Para pagar el instituto de Jaime.

La universidad de Jaime.

El máster de Jaime.

La entrada del piso de Jaime.

La boda de Jaime.

Quince años. Financié toda su puta vida.

—¿Cariño? ¿Sigues ahí? —La voz de mamá crepitó por el teléfono.

—Sí.

—Claudia quiere que salgamos todos a cenar. Ya sabes, en memoria de tu padre...

—No voy.

—¡Oye!

—Mamá. Estoy cansada.

Colgué.

Me quedé ahí bajo la lluvia. Encendí otro cigarrillo.

Esa fotografía seguía en mi bolso.

Toqué el sobre. No la saqué.

Veinte años.

Por fin sé lo que valgo para papá.

No 5 millones.

No 500.000.

Ni siquiera 50.000.

Una fotografía.

Una fotografía que no volvió a mirar en veinte putos años.

Capítulo 2

Paré un taxi y volví a mi casa.

El conductor me miró por el retrovisor.

—Oye, señorita. ¿Estás bien? Tienes mala pinta.

—Estoy bien. Seguramente es por la lluvia.

—Con este tiempo cualquiera se pone malo. Cuídate, ¿vale?

—Mm.

Me recosté en el asiento y cerré los ojos.

Tenía la cabeza hecha un lío, un recuerdo tras otro bombardeándome.

Pensé en el día en que salieron mis notas de la Selectividad.

Estaba entre el 3% con mejores notas de toda la provincia.

Mi tutora llamó, prácticamente gritando al teléfono.

—¡Celia! ¡Has sacado la mejor nota que hemos visto en años! ¡Te da de sobra para la Universidad Autónoma de Barcelona!

Mamá y papá estaban en la gloria... durante una semana, más o menos.

Los familiares invadieron la casa como langostas, todo sonrisas y felicitaciones.

El tío Juan le dio una palmada en la espalda a papá.

—Tío, tu hija lo está petando. Va a llegar lejos.

El tío Tomás asentía.

—La primera chica de este pueblo en entrar en una universidad de las buenas. Eso es historia, macho.

Mamá no paraba de sonreír, repartiendo sandía y pipas a todo el mundo.

Papá solo se quedaba en el patio fumando, no decía mucho, pero se notaba que estaba orgulloso.

Esos fueron los días más felices de mi vida.

Luego llegó la resolución de admisión.

Finales de junio. Lo recuerdo como si fuera ayer.

El cartero llamó al timbre y dejó el sobre en el buzón.

—¡Celia! ¡Te ha llegado una carta de la universidad!

Salí corriendo, con las manos temblando mientras abría el sobre.

Dentro, una hoja con el membrete oficial me devolvió la mirada.

Universidad Autónoma de Barcelona. Facultad de Filología.

Me quedé mirando esas palabras hasta que se me nublaron los ojos de lágrimas.

Lo conseguí.

Joder, lo conseguí de verdad.

Entonces papá me quitó la carta. Su cara cambió.

—¿Cuánto cuesta la matrícula?

—Eh... unos 1.500 euros al año.

—¿Alojamiento?

—Otros 450 al mes.

—¿Gastos de manutención?

—...Puede que unos 500 o 600 al mes.

Papá no dijo nada. Solo dejó la carta sobre la mesa y encendió otro cigarro.

Esa noche, él y mamá estuvieron hablando en su habitación durante horas.

Me quedé agachada junto a la puerta, escuchando.

La voz de mamá era suave.

—Deja que vaya. Es lista. Llegará lejos.

Papá la interrumpió.

—¿Y qué? Se casará y todo habrá sido para nada. Mira a la hija de Hernán: se licenció y acabó de ama de casa. Un desperdicio de dinero.

—Pero...

—Jaime se presenta el año que viene. —La voz de papá era plana—. Si Celia va, nos tiramos 15.000 pavos al año. Jaime no entrará en una buena universidad sin apoyo. Y si no entra, su vida se acabó. Celia es una chica. No necesita universidad. Se casará.

Mamá se quedó callada.

Luego dijo:

—Entonces... ¿cómo se lo decimos?

—Yo me encargo.

A la mañana siguiente, papá me llamó al patio.

Se quedó de pie bajo el granado, cigarro en mano, mirando las montañas a lo lejos.

—Celia.

—¿Sí, papá?

—Tu hermano se presenta el año que viene. No tenemos el dinero. Así que tú...

No terminó.

Yo ya lo sabía.

—Quieres que renuncie a mi plaza. ¿No?

No contestó.

Solo tiró el cigarro y lo aplastó con la bota.

—Eres una chica. La universidad no te va a servir de nada. Encuentra a un tío decente, sienta la cabeza... eso es lo que importa.

Me quedé ahí. Sin poder decir ni una palabra.

Las lágrimas cayendo por mi cara.

Papá me miró y frunció el ceño.

—¿Por qué lloras? Lo hago por ti.

Por mí.

Eso fue lo que dijo.

Esa noche, metí la carta de admisión en el fondo del cajón de mi escritorio.

No la rompí. No la quemé.

Solo... la enterré.

Veinte años.

Nunca volví a abrir ese cajón.

El taxi se detuvo.

—Señorita. Hemos llegado.

Parpadeé, pagué y bajé.

La lluvia había parado, pero el cielo seguía gris como la mierda.

Me quedé frente a mi edificio, mirando hacia mi ventana.

Quinto piso. Orientación norte. Una luz de mierda.

Llevaba cinco años viviendo aquí.

¿Por qué me mudé aquí hace cinco años?

Porque papá tuvo un ictus.

El médico dijo que necesitaba cuidados a tiempo completo.

Claudia estaba en París. Jaime acababa de comprarse un piso. Mamá era demasiado mayor para hacerse cargo sola.

Así que vine yo.

Tenía treinta y dos años.

Había trabajado en una fábrica textil en mi pueblo durante quince años. Por fin había conseguido llegar a supervisora de planta.

Lo dejé. Vendí mi coche de ocho años hecho polvo. Me mudé a esta ciudad, alquilé esta caja y me convertí en la cuidadora a tiempo completo de papá.

Cinco años.

Cinco putos años.

Capítulo 3

Empujé la puerta. El mismo olor me golpeó como un muro.

Desinfectante. Olor a viejo. Un toque de moho.

Cinco años de ese hedor se habían filtrado en las paredes. Ningún ambientador podía matarlo.

Me desplomé en el sofá y saqué la fotografía.

Yo con diecisiete años, sonriendo como una idiota.

En aquel entonces, no tenía ni idea de que tres días después, mi vida iba a explotar.

En aquel entonces, pensaba que entrar en la Universidad Autónoma de Barcelona era el principio de algo.

Le di la vuelta a la foto. Garabateado en la parte de atrás con la letra de mierda de papá:

"Celia, arrasa en los exámenes."

Su caligrafía era una mierda, apenas se entendía, la verdad.

Pero había llevado esas palabras durante veinte años.

Irónico, ¿no?

El hombre que me robó el futuro escribió "arrasa en los exámenes" en el reverso de una foto.

Entonces algo hizo clic en mi cabeza.

¿Cómo coño pasó esto de la foto?

Un mes antes de la Selectividad, papá llegó a casa, cosa rara de cojones.

Había estado trabajando en obras fuera de la provincia. Apenas lo veía dos veces al año.

Ese día, apareció con una cámara.

Una cámara barata de esas compactas. Alguien se la había dado. Probablemente de segunda mano.

—Celia, ven aquí. Déjame hacerte una foto.

Me puse bajo el granado. Apuntó la cámara hacia mí.

—Sonríe.

Lo hice.

Pulsó el botón.

Luego dijo:

—Cuando entres en UAB, voy a ampliarla y colgarla en el salón.

Asentí, emocionadísima.

¿Pero luego qué?

No fui a UAB.

No, entré. Solo que no fui.

¿Y esa foto? Nunca ampliada. Nunca enmarcada. Nunca colgada en ningún lado.

Pensé que se había perdido para siempre.

Veinte años después, aparece en el testamento de papá.

Como lo único que me dejó.

Me vibró el móvil. Mensaje de Jaime.

"Oye. Sé que el reparto de papá no fue justo. ¿Qué tal si te doy la mitad de lo mío? ¿2,5 millones?"

Me quedé mirando la pantalla durante un minuto entero.

La mitad.

Dos millones y medio de euros.

Suficiente para comprarme un piso decente en esta ciudad.

Suficiente para vivir el resto de mi vida tranquila.

Escribí:

"No, gracias."

Enviado.

Tres segundos después, Jaime llamó.

—¡Celia! ¡No seas cabezota! ¡Lo digo en serio!

—No estoy siendo cabezota.

—¿Entonces por qué no lo aceptas?

—Porque no es tu dinero.

Silencio.

—¿Qué quieres decir?

—Esos 5 millones, papá te los dejó a ti. Tenía sus razones. Quédatelos.

—Pero...

—Jaime. —Lo corté—. ¿Te acuerdas de quién pagó tu universidad?

La línea se quedó en completo silencio.

—Yo —dije—. El instituto. La carrera. El máster. Matrícula, gastos de manutención, hasta ese curso de preparación que hiciste para la solicitud de máster. Todo yo.

—Lo sé. Nunca lo he olvidado...

—Bien. Pero no te estoy pidiendo que me lo devuelvas. Te di ese dinero voluntariamente. Considéralo un regalo.

—Celia...

—¿Cuánto costó tu boda? Todo el paquete: anillo, ceremonia, entrada del piso...

Jaime no contestó.

—Cincuenta mil —dije—. Yo puse diez. Mamá y papá pusieron cuarenta. Y veinte de esos cuarenta venían del dinero que yo había estado mandando a casa durante años.

—Celia, yo...

—¿Y mi boda? ¿Cuánto me dieron?

Sigue sin decir nada.

—Dos mil euros —contesté por él—. En un sobre. Me lo dieron delante de todos los familiares en el banquete.

—Por aquel entonces, de verdad que no tenían...

—¿No tenían qué? —Subí la voz—. El año que te compraste el piso, te soltaron cuarenta mil. ¿Pero el año que me casé yo, de repente estaban tiesos? ¿Dos mil pavos era todo lo que podían rascar?

—No quería decir eso...

—Jaime. —Exhalé despacio—. No te estoy pidiendo dinero. Solo quiero que entiendas que ya he dado suficiente a esta familia.

—Celia...

—Quédate los 5 millones. A partir de ahora, ocúpate tú de los asuntos de mamá con Claudia. Yo me bajo del carro.

—¿Qué estás diciendo?

—Estoy cansada.

Colgué.

Me recosté en el sofá. Me quedé mirando el techo.

Cansada.

Lee más capítulos en la APP Novelove
Continuar leyendo