Adiós Para Siempre, Mi Amor de Infancia
—Señorita Lánz, le llamamos de Dignitas en Suiza. ¿Confirma usted que ha solicitado la eutanasia para el 25 de diciembre?
Las pestañas de Irene Lánz temblaron levemente. Su voz sonó serena:
—Sí, confirmo.
—De acuerdo. Su solicitud ha sido aprobada. Le concedemos quince días para que pueda resolver sus asuntos pendientes.
Apenas colgó el teléfono, la puerta del dormitorio se abrió de golpe.
Adrián Larios entró trayendo consigo una ráfaga de aire frío. Al verla, sonrió y levantó una caja bellamente envuelta:
—Ire, feliz cumpleaños.
Irene esbozó una sonrisa.
—Mi cumpleaños fue ayer.
Capítulo 1
—Señorita Lánz, le llamamos de Dignitas en Suiza. ¿Confirma usted que ha solicitado la eutanasia para el 25 de diciembre?
Las pestañas de Irene Lánz temblaron levemente. Su voz sonó serena:
—Sí, confirmo.
—De acuerdo. Su solicitud ha sido aprobada. Le concedemos quince días para que pueda resolver sus asuntos pendientes.
Apenas colgó el teléfono, la puerta del dormitorio se abrió de golpe.
Adrián Larios entró trayendo consigo una ráfaga de aire frío. Al verla, sonrió y levantó una caja bellamente envuelta:
—Ire, feliz cumpleaños.
Irene esbozó una sonrisa.
—Mi cumpleaños fue ayer.
El gesto de Adrián se congeló. Un destello de pánico y vergüenza cruzó su rostro.
—Lo siento, he estado demasiado ocupado con el trabajo últimamente.
Tras decirlo, se arrodilló junto a ella y posó sus manos sobre sus pantorrillas, comenzando a masajearlas mientras desviaba la conversación:
—¿Cómo te encuentras hoy? ¿Te molestan las piernas?
Por la presión excesiva, aquellas manos estilizadas se tornaron rojizas, y las venas del dorso sobresalían con nitidez, llamando poderosamente la atención.
Su técnica y la presión del masaje eran profesionales, pero Irene no sentía absolutamente nada.
Al no obtener respuesta, Adrián alzó la mirada dispuesto a preguntar, cuando su móvil vibró varias veces en el bolsillo.
Lo sacó y al ver el nombre en la pantalla, su rostro se iluminó con una sonrisa involuntaria de alegría.
Las palabras que tenía en la punta de la lengua quedaron olvidadas. Se puso de pie abruptamente y se dirigió hacia el estudio soltando una frase al aire:
—Ire, tengo que atender un asunto de trabajo. Luego vuelvo para continuar con el masaje.
Irene no dijo nada. Simplemente lo observó marcharse en silencio.
Cuando su figura desapareció por completo tras la puerta, en su mente seguía reproduciéndose con claridad aquella sonrisa que él no había podido disimular.
¿Acaso se sonríe así por un asunto de trabajo?
Esa expresión de felicidad tan genuina solo aparece cuando se está frente a la persona que se ama, ¿verdad?
Después de todo, había visto esa sonrisa muchas veces antes.
Cada mañana durante el instituto, cuando ella bajaba apresuradamente las escaleras tras tomarse la leche de un trago, alzaba la vista y encontraba a Adrián sonriéndole exactamente así. Él se acercaba con esa sonrisa, le quitaba la pesada mochila y la llevaba a la escuela en su moto.
Por aquel entonces ambos tenían dieciocho años, con facciones juveniles y vitalidad desbordante, solo con ojos el uno para el otro.
Los dos jóvenes que habían crecido juntos desde la infancia, como en todas las novelas románticas, sintieron despertar el amor y se enamoraron.
Comenzaron una relación a escondidas del colegio y de sus familias, prometiéndose estudiar juntos para entrar en la misma universidad y poder hacer pública su relación sin tapujos.
Se motivaban mutuamente, progresaban juntos, y finalmente ambos ingresaron en la UC3M con las mejores notas de su clase.
Todo debería haber tenido un final perfecto ahí.
Pero ocurrió el accidente.
El día antes del inicio de clases, tuvieron un accidente de tráfico. En el momento crítico, Irene apartó a Adrián de un empujón.
Aquel día, Adrián quedó ileso. Ella, sin embargo, perdió ambas piernas.
Como si fuera poco, ese mismo año sus padres fallecieron en un accidente de aviación. Incapaz de asimilar tantos golpes seguidos, Irene desarrolló depresión.
Con el corazón encogido por ella, le pidió matrimonio nada más terminar la universidad.
Prometió con absoluta convicción que jamás la defraudaría.
Y durante tres años de matrimonio, así lo hizo.
Hasta hace quince días, cuando ella encontró su diario.
El hombre que cada día le decía que la amaba, en realidad desahogaba su sufrimiento en esas páginas.
Decía que solo se había casado presionado por la moral, porque de no hacerlo, sentía que todos lo señalarían.
Decía que cada vez que volvía a casa, esa sensación opresiva y de encierro le impedía respirar, que cada minuto junto a ella era un tormento.
Decía que si pudiera volver atrás, preferiría que ella no lo hubiera salvado, que incluso pasar el resto de su vida en silla de ruedas sería mejor que vivir con semejante sentimiento de culpa.
Decía que, en secreto, se había enamorado de otra chica llamada Claudia Yelén. Que ella era apasionada, radiante, luminosa. Igual que Irene antes del accidente.
Al día siguiente, recibió un mensaje de Claudia Yelén.
"Irene Lánz, Adri me contó que tus piernas nunca se van a curar, ¿verdad? Ya que os conocéis desde hace tanto tiempo, ¿no podrías dejarlo ir?"
"No lo sabes, ¿verdad? Por tu culpa él vive atormentado cada día, con ganas de morir. Pero no puede morir, porque tiene que cuidarte fingiendo una sonrisa. Qué vida tan patética."
"Si no me hubiera conocido a mí, probablemente habría enloquecido ya. ¿No sientes ni un poco de culpa? Me da muchísima pena. Ahora él está enamorado de mí. Por favor, deja de aferrarte a él. Divorciaos. Déjanos ser felices, ¿vale?"
A continuación, le envió más de una docena de fotos íntimas.
En todas, la cámara enfocaba a Adrián.
Él sonreía mientras preparaba café, y al darse cuenta de que Claudia se hacía un selfi, se acercaba cariñosamente haciendo la V de la victoria.
Él pelaba un plato entero de gambas y se lo ofrecía, limpiándole después con ternura los dedos manchados de salsa.
Él caminaba por la playa siguiendo las huellas de Claudia en la arena, sonriendo mientras le ofrecía un gran ramo de caracolas.
Foto tras foto, el corazón de Irene dolía tanto que no podía respirar. Era como si la estuvieran despedazando con mil cuchillos.
Pero sus ojos ya no podían derramar lágrimas. Solo quedaba el vacío.
No respondió a esos mensajes, pero Claudia no la dejó en paz.
Cada día desde entonces, le enviaba nuevas escenas cotidianas. Cada fotografía llevaba una marca de agua con la fecha.
21 de noviembre: paseaban bajo el sol del atardecer en el parque.
26 de noviembre: fueron juntos a un taller de cerámica e hicieron un jarrón.
1 de diciembre: asistieron a un concierto y charlaron sobre música y el futuro.
...
Cada fecha en las fotos coincidía exactamente con los momentos en que Adrián llamaba diciendo que trabajaba hasta tarde.
Incluso ayer, el día de su cumpleaños, ella lo esperó día y noche sin que él regresara.
El motivo de su ausencia: acompañar a Claudia a ver fuegos artificiales.
Al ver la foto que Claudia le envió, Irene sonrió. Sonrió y sonrió hasta que las lágrimas brotaron.
Adrián a los diecisiete años amaba apasionadamente a Irene de diecisiete.
Pero Adrián a los veinticinco ya no amaba a Irene de veinticinco.
Aquella noche se quedó sentada junto a la ventana hasta el amanecer. Al día siguiente, envió abundante documentación a la organización de eutanasia en el extranjero, solicitando poner fin a su vida.
Adrián, ya no me queda nada. Solo tú.
Pero tú me ves como una pesadilla.
Siendo así, elijo liberarte.
Y liberarme a mí misma.
Capítulo 2
Irene permaneció sola en el salón durante largo rato. Cuando oscureció, se dirigió en su silla de ruedas hacia el estudio y llamó suavemente a la puerta.
Adrián colgó el teléfono con premura y salió a su encuentro.
—Ire, me equivoqué con la fecha de tu cumpleaños. Justo está a punto de llegar nuestro tercer aniversario de boda, ¿qué te parece si lo celebramos todo junto? Dime adónde quieres ir y te acompaño.
Irene lo miró un instante antes de hablar con suavidad:
—Vayamos a Suiza. Quiero ver la primera nevada.
Al oírla, un destello de sorpresa cruzó los ojos de Adrián.
—¿La primera nevada? Si esperamos un mes más, seguro que nieva en las afueras de Madrid. Celebrémoslo en casa, ¿vale? Con tus piernas así no es conveniente que viajes tan lejos, ¿no crees?
Irene negó con la cabeza, rechazando su propuesta de manera inusual en ella.
Solo le quedaban quince días de vida. No podía esperar un mes más.
Al ver su insistencia, Adrián no dijo nada más y reservó directamente los billetes para Suiza el día de Navidad.
Irene sabía que aceptaría.
Sencillamente porque había leído en su diario que cada vez que regresaba a casa tras una cita con Claudia, la culpa se intensificaba en su interior, y buscaba formas de compensarla.
Sacó su móvil, abrió el reloj y configuró una cuenta atrás con el nombre de:
**«Cuenta atrás hacia la muerte»**
Después de comprar los billetes, Adrián la miró con ternura en el rostro, su tono rebosante de indulgencia:
—Ya he reservado los vuelos a Suiza para Navidad.
Irene notó cómo la mirada de él pasaba de largo sobre su mano y su teléfono, apartándose sin más. Asintió levemente con la cabeza.
Al verla aceptar, él suspiró aliviado y se metió en el baño.
Observando su espalda alejándose, Irene sonrió.
Antes, sin importar lo que ella estuviera haciendo, él se acercaba curioso, asomándose sin parar con preguntas, reclamando toda su atención.
Ahora, en la pantalla de su móvil brillaban aquellas enormes palabras: «Cuenta atrás hacia la muerte». Sus ojos las habían rozado, pero no las había visto.
Efectivamente... ya no la amaba.
Cuando dos personas se miran con hastío mutuo, tampoco está tan mal.
Solo tenía que aguantar un poco más. Solo quince días más.
Y todo el sufrimiento habría terminado.
Capítulo 3
Al día siguiente, Irene se levantó muy temprano.
Adrián no despertó hasta las diez. Al salir del dormitorio y verla sentada ante la mesa escribiendo algo, se acercó frotándose los ojos.
El cuaderno estaba repleto de anotaciones escritas con letra apretada. Fue leyendo línea por línea y descubrió que se trataba de una lista de tareas.
Primera cosa: volver a la casa familiar y reunirse con los amigos.
Segunda cosa: ir al lago a dar de comer a las palomas.
Tercera cosa: emborracharse en un bar hasta perder el sentido...
—Ire, ¿para qué apuntas todo esto?
La mano de Irene se detuvo. Alzó la vista hacia él.
—Una lista de deseos.
Al oírlo, Adrián pareció recordar algo. Una sonrisa asomó entre sus cejas y ojos:
—Cuando tenías diecisiete años también escribiste una lista de deseos...
Las palabras se atascaron a mitad de frase. Su rostro mostró contrariedad.
Irene sabía que pensaba haber metido la pata, que mencionar el pasado la entristecería.
Pero ahora ya había aceptado las cosas. No le importaba. Incluso continuó la frase por él:
—Sí, por entonces escribí 100 cosas que quería hacer antes de cumplir los dieciocho. Quería hacer puenting, esquiar, descender ríos en kayak, surfear... Todas eran locuras. Pero tú estabas aún más loco que yo. No solo documentaste todo el proceso, sino que me acompañaste en cada experiencia.
Escuchando su tono cargado de nostalgia, en la mente de Adrián también aparecieron imágenes desvaídas por el tiempo. Sonrió:
—¿Qué le voy a hacer si me gustabas tanto? Quería estar contigo en todo lo que hicieras. En aquel entonces, teniéndote a mi lado, no le temía a nada. Cerré los ojos y salté desde cientos de metros de altura...
Irene lo observaba en silencio mientras él hablaba con entusiasmo.
Cuando sus miradas se encontraron, ella soltó una frase sin aparente conexión:
—Hace mucho que no te veía sonreír tan feliz.
La sonrisa de Adrián se congeló.
La atmósfera se solidificó durante unos segundos. Él cambió de tema:
—Entonces, ¿te acompaño a cumplir estos deseos también?
Irene negó con la cabeza, su tono teñido de obstinación:
—Son mis deseos, no tienen nada que ver contigo. Estás muy ocupado con el trabajo, no hace falta.
Sin saber por qué, al ver aquella expresión indiferente en su rostro, el corazón de Adrián se saltó un latido.
Iba a insistir cuando su teléfono sonó de repente.
Al abrir el mensaje, aquella sonrisa que había desaparecido hace un momento volvió a emerger.
Tras soltar las palabras "asunto de trabajo", sin siquiera mirar su expresión, se dio la vuelta y abandonó la habitación.
Observando su espalda alejarse, Irene se quedó atónita.
Antes, cuando ella también le había rechazado diciendo que quería afrontar un reto sola, él se había negado rotundamente. Había insistido, rogado, se había pegado a ella como una lapa.
Ahora todo había cambiado.
Ni siquiera intentaba convencerla. Ni siquiera pronunciaba frases de cortesía como "estoy preocupado por ti".
Dicen que el matrimonio es la tumba del amor. Al principio no lo creía.
Ahora cada palabra le parecía una verdad absoluta.
Su amor no había tenido tiempo de llegar a un futuro de canas compartidas. Había muerto a medio camino.
Poco a poco, completamente erosionado, dejando solo un cansancio infinito.
Irene terminó la lista sola, en silencio.
Al final, en el espacio que había dejado en blanco para el título, escribió con letra clara y cuidada: **«Lista de últimos deseos»**.
En cuanto terminó de escribir, su móvil se iluminó.
Era Claudia Yelén. Esta vez había enviado una foto sentada en el asiento del copiloto del coche de Adrián.
Antes, al ver estos mensajes, Irene sentía un dolor insoportable.
Pero después de tantos, ya no sentía nada. Simplemente tomó su portátil, descargó los mensajes e imprimió las capturas junto con aquella lista de deseos. Lo guardó todo en el cajón.
El cajón ya estaba repleto de registros de estas provocaciones, acumuladas durante todos estos días.
Para ella, la muerte era una liberación.
Pero eso no significaba que estuviera dispuesta a facilitarles las cosas a Adrián y Claudia.
Aunque Adrián ya no la amara, debería haber sido sincero con ella, no cometer una infidelidad emocional.
Y Claudia no debería haberla provocado una y otra vez.
Todo lo que hacía contrastaba enormemente con la imagen de esa chica maravillosa descrita en el diario.
Irene estaría encantada de que Adrián viera su verdadero rostro.