Mi Mejor Amiga Me Robó El Marido, Yo Le Robé Mi Propia Vida De Vuelta
La noche que descubrí que mi marido Carlos Mendoza tenía un hijo de tres años con otra, llené nuestra villa de La Moraleja de explosivos.
El plan era sencillo: cuando Carlos cruzara la puerta, nos iríamos juntos al infierno.
Pero esa noche nunca llegó a casa.
En ese instante algo en mí hizo crack. Ya no quería morirme.
Agarré las llaves del Maserati —su puto juguete favorito— y salí disparada.
Cuando el portón se cerró detrás de mí, apreté el detonador.
Desde entonces, aquella "señora de Mendoza" —el hazmerreír de todo Madrid— dejó de existir.
Cinco años después.
Casa Bonay. Barcelona, Barrio Gótico.
Le tendí la llave con mi mejor sonrisa de recepcionista.
—Bienvenidos. Que disfruten la estancia.
Carlos se quedó mirándome fijo.
Entornó los ojos, como si intentara juntar las piezas de un puzle.
—¿Ana...? Joder, eres tú. Estás... no sé, diferente.
Mantuve la sonrisa. Profesional. Distante.
—Espero que lo pasen bien. Los tres.
Capítulo 1
La tarjeta quedó suspendida en el aire. Carlos no se movía.
Me empezaba a doler la muñeca. Insistí con voz neutra:
—Señor Mendoza, su llave.
—Ya la cojo yo.
Una voz suave rompió la tensión. Era ella. Valeria Silva. Su esposa legítima.
Mi mirada chocó con el pedrusco de su anillo de compromiso y, sin querer, se quedó atrapada en esos ojos.
Esos malditos ojos.
Me habían quitado el sueño durante años.
—Te dije que te quedaras en el sofá. ¿Pero tú qué haces? Nunca me haces caso. Me tienes loco. Cari.
Carlos le quitó el bolso del brazo casi por instinto y la atrajo hacia él. Le puso la mano en la frente con una ternura que jamás había usado conmigo.
—Ya no tienes fiebre. Menos mal.
—¿Cansada? Sube con el niño a descansar. Yo bajo a por una sopa que te siente bien.
Valeria se acurrucó contra su pecho. Me lanzó una mirada de arriba abajo, evaluándome.
—Vale. Te espero.
Aparté la vista de la escena. Justo entonces entró Álvaro, el repartidor, cargando con una bolsa de arena para gatos.
Mientras iba a decirle un par de cosas., Carlos ya se había agachado a cogerla.
—Te ayudo. ¿Dónde la dejo?
—No hace falta.
Intenté quitársela, poniendo distancia entre nosotros.
Vi que su traje de chaqueta estaba lleno de polvo. Me di la vuelta hacia el mostrador y saqué dos billetes.
—Para la tintorería. Pago yo.
—No hace falta. Yo me ofrecí.
Extendió la mano para frenarme. Sus dedos casi me rozaron la muñeca.
Retiré el brazo.
Su mano quedó colgando en el aire. Había algo áspero en su voz.
—De verdad que no hace falta. Tengo prisa.
Al darse la vuelta, casi tira a Sofi, que volvía con una bolsa de castañas asadas.
Sofi se quedó mirando cómo se largaba y me agarró del brazo, emocionada:
—Jolín... ¡Anita! ¿Ese no era Carlos Mendoza? ¡El de Grupo Mendoza! ¡Qué tío más bueno!
—Vi una entrevista suya. Empezó de cero y no para de hablar de su mujer.
—Exitoso y enamorado. ¡Una joya! ¡Coño!
Algunos huéspedes que estaban cerca se pusieron a cotillear:
—Sí, sí. He oído que su ex era una loca. Llegó a atacarle con un cuchillo. Tendría que haber ido a la cárcel.
—Le soltó un pastón porque es buena gente.
—Pero al final tuvo que divorciarse. Normal.
Yo escuchaba esas mentiras y ni pestañeé.
Como si nada de eso fuera conmigo.
Solo la cicatriz de mi mano palpitaba en silencio.
Capítulo 2
Me pasé el pulgar por la cicatriz de la mano, esa marca retorcida como un ciempiés.
Los recuerdos salieron solos, sin avisar.
Carlos nunca fue ese empresario “hecho a sí mismo”.
Era el chaval pobre que todos machacaban en el cole.
Una tarde de invierno, unos niñatos ricos lo acorralaron contra la pared.
La frente abierta, la sangre manchándole la camisa raída.
Yo estaba pasando por allí.
Vi un palo en el suelo y no lo dudé: me lancé a defenderlo.
En el follón, un cristal me rajó la mano hasta dejarme el hueso al descubierto. Ocho puntos para cerrar la herida.
Carlos se largó del hospital sin avisar. Le perseguí y descubrí que no tenía ni para pagarse las suturas.
En su casa había un padre borracho y una madre con problemas mentales.
Desde entonces, siempre le eché un cable.
No decía ni pío. Pero después de clase, ahí estaba, ayudándome con las mates.
Carlos sacó la mejor nota de Madrid en el año de la Prueba Final de ESO.
Lo aceptaron en el mejor colegio privado de la ciudad.
Pero nunca llegó a matricularse. No tenía un duro.
Le rogué a mi padre que le ayudara.
Papá pagó sus estudios hasta la universidad.
Cuando Carlos empezó a trabajar, los costeó él mismo.
En cuarto, durante las prácticas, los capullos del instituto volvieron a por él.
Mi padre lo metió en nuestra empresa y le enseñó todo desde cero.
Carlos tenía un don.
Esos informes financieros imposibles los pillaba a la primera.
Yo me sentaba a su lado.
Apoyaba la barbilla en la mano y me quedaba embobada mirándole trabajar.
Papá lo vio venir.
Aunque sabía que Carlos solo sentía gratitud por mí, le financió su propia empresa al graduarnos.
En menos de un año, Carlos ya era alguien en Madrid.
Luego mamá empeoró.
Papá, desesperado por dinero, tomó decisiones pésimas.
La empresa se iba al garete.
Carlos la salvó.
Papá siempre decía que Carlos era nuestro salvador.
La deuda de antes ya estaba saldada.
Ahora podía vivir su vida como quisiera.
No tenía que preocuparse por nosotros.
Pero él se arrodilló delante de mi padre.
Prometió con una intensidad que daba miedo:
—Don Francisco, jamás podré pagarle lo que ha hecho por mí.
Por favor, déjeme cuidar de Ana.
Le juro que la cuidaré toda la vida.
Que no va a sufrir nunca más por mi culpa.
La vieja herida de la mano empezó a punzar.
Bajé la vista a la cicatriz fea y retorcida.
Me entraron ganas de reír.
Resulta que sí.
La gente puede ser tan ingenua como para confundir gratitud con amor.
Después de aquello, sin ni siquiera anillo de compromiso, yo ya me paseaba como “la señora de Mendoza”.
Me dejaba caer por su oficina constantemente.
Marcando territorio.
Carlos nunca me llevó la contraria.
Hasta me dejó elegir a su asistente personal.
Me dijo:
—Elige a algún tío espabilado.
Pero el día de las entrevistas me fijé en Valeria.
Su currículum era normalito.
No fue por lo de “divorciada, sin hijos, no quiero tenerlos”.
Fue por su mirada.
Tenía algo… igual que los ojos de la madre de Carlos.
La difunta.
Cuando estaba cuerda, la madre de Carlos lo trataba bien.
Era la única luz en su infancia jodida.
No lo pensé dos veces.
Contraté a Valeria al instante.
Cuando Carlos la vio por primera vez, se le descompuso la cara.
Se le pusieron los ojos rojos.
Esa noche, en casa, me abrazó llorando como un crío.
No paraba de darme las gracias.
Me partía el alma verle así.
Empecé a invitar a Valeria a casa.
Les buscaba excusas para que pasaran tiempo juntos.
Pensaba que le estaba echando una mano.
Y resulta que yo misma me estaba tirando al vacío.
Capítulo 3
La gente se dispersó. Yo también volví en mí. Cogí el portarretratos de Luci y lo limpié con cuidado, como siempre.
Sofi estaba a mi lado, dándole a las castañas. Me preguntó con la boca llena:
—Jo... Anita, estas castañas están de vicio. ¿Por qué nunca las pruebas?
La mano se me quedó quieta. Los recuerdos me cayeron encima de golpe.
De pequeña, mamá y yo éramos adictas a las castañas asadas.
Cada día, papá pasaba por el puesto de la esquina al salir del trabajo y nos traía una bolsa humeante.
Mamá me las pelaba una a una, las soplaba para enfriarlas y me las daba con una sonrisa.
Pero el año que mamá empeoró, en uno de sus momentos lúcidos, lo único que repetía era que quería comer castañas una vez más.
Papá salió corriendo a comprarlas. A mitad de camino le llamaron del hospital. Mamá se estaba muriendo.
Entró en pánico. Pisó el acelerador a fondo. Se estrelló contra un camión. Murió en el acto.
Aquella bolsa de castañas recién hechas quedó empapada en su sangre, desparramada por el asfalto.
Aquel invierno, con la primera nevada, perdí a mis padres el mismo día.
Sofi tenía los ojos vidriosos. No sabía qué decir.
Apartó la bolsa lejos de mí. Hablaba bajito, con cuidado:
—Anita, perdona. No te pongas triste. Luci y yo siempre estaremos contigo.
—Luci está a punto de salir del cole. ¿Qué tal si esta noche damos una vuelta por el Gótico...?
Se quedó a medias. De repente se quedó clavada mirando los ojos de Luci en la foto.
—Joder. Anita... el padre de Luci... no será...
Asentí con la cabeza.
Sofi se quedó callada un buen rato. Al final preguntó en voz baja, con los ojos llenos de pena:
—Y esos rumores... Anita, ¿cuánto tuviste que aguantar?
Se me hizo un nudo en la garganta. Pero duró un segundo.
Sonreí.
La verdad es que hubo años buenos.
El día que murieron mis padres, Carlos me pidió matrimonio.
Llamó a un notario. Me firmó todas las acciones de su empresa.
Se arrodilló y me juró que me iba a dar una nueva familia. Que me iba a cuidar toda la vida. Que dejara de llorar, que verme así le destrozaba.
Me desmayé del llanto. Él organizó el funeral solo.
Cuando me recuperé, nos casamos.
No hubo boda. Los anillos eran las alianzas cutres de la universidad. Pero yo era feliz. Me sentía la mujer más afortunada del mundo.
Le di a Carlos toda mi vida.
Sabía que trabajaba muchísimo. Nunca le pedí nada.
Si llegaba tarde, yo le esperaba despierta con todas las luces encendidas.
Si viajaba, hacía la maleta y me iba con él.
Y él no me decepcionó.
Los primeros años, Carlos solo tenía ojos para mí. Estaba loco por mí. Todo Madrid nos envidiaba.
Los periódicos, las pantallas gigantes de Gran Vía, todo lleno de sus declaraciones.
*"Amo a Ana López"* era su carta de amor pública a toda la ciudad.
Justo cuando estaba hundida en su amor, cuando por fin había superado la muerte de mis padres. saltó la bomba. Carlos y Valeria. Trending topic de TWITTER.
Con foto: abrazándose y besándose en el jardín del Deessa, en el Mandarin Oriental Ritz Madrid.
Era mi cumpleaños.
Había cocinado toda la tarde sus platos favoritos. Me puse el vestido que me regaló. Le esperé toda la noche.
Le llamé mil veces. Él cogió siempre. Con la misma voz dulce:
—Estoy en una cena de trabajo, cari. Pórtate bien. Ya voy para casa.
Valeria, por su parte, se había gastado toda su paga extra en joyas de marca. Con una nota:
¡Feliz cumple, mejor amiga!
Aquella noche, rodeada de felicidad falsa, creí que lo tenía todo.
No sabía que quienes más me iban a destrozar eran las dos personas que más me importaban.