Debajo del Delantal… Había una Reina Preparándose para Reinar
Me casé con Rubén Ortega para salvar a Santiago.
Tres años. Mil noventa y cinco noches en su cama. Sexo frío. Amor muerto.
Cuando el médico dijo "enfermedad terminal", creí que merecía saberlo.
Qué ingenua.
Esa noche, mi marido lanzaba fuegos artificiales... para su amante.
Y Santiago salía de prisión gritando al mundo: "Ella es el amor de mi vida."
Los vi derretirse públicamente por otras. Sin vergüenza.
Mientras yo viví tres años como basura bajo la alfombra.
Esa noche dejé de esperar.
Me divorcié. Corté lazos. Resucité.
Me convertí en la reina de la tecnología que nadie se atrevía a subestimar.
Hasta que mi identidad secreta y mi enfermedad salieron a la luz.
Entonces aparecieron. Arrastrándose de vuelta.
Santiago, llorando:
—Vale... ¿puedes volver a llamarme Santi?
Rubén, de rodillas:
—Cariño, te daré mi vida entera. No me dejes...
Me eché a reír.
—El amor que llega cuando ya no queda tiempo no es amor. Es pánico disfrazado de arrepentimiento.
Sonreí como cuchillo:
—Y yo no acepto limosnas emocionales.
Me di la vuelta sin mirar atrás.
Porque dejé de ser la Valeria que lo daba todo.
Ahora soy la que no da nada. No necesita nada. No perdona nada.
Capítulo 1
A los 3 meses de embarazo, Valeria Jiménez fue empujada desde el segundo piso por el primer amor de su marido, Rubén Ortega. La sangre no paraba de salir.
Rubén la cogió en brazos como un loco y la llevó corriendo al hospital. Llamó a los mejores especialistas para que la operaran, pero ni así pudieron salvar al bebé.
Cuando volvió a abrir los ojos, llevó la mano temblorosa hasta su vientre. La pequeña vida que crecía dentro de ella… ya no estaba.
Se levantó de la cama como pudo, cojeando, y fue a buscar a Rubén.
Solo quería decirle a la cara que había sido ella, su maldito primer amor, Sonia Martín, quien había matado a su hijo.
Pero al llegar a la puerta del tanatorio, escuchó cómo Rubén hablaba con aquella mujer:
—Mejor que se vaya pronto. Ese niño nunca debió venir a este mundo.
—Además, cariño, ayer me pediste matrimonio. Te prometí que nuestro hijo sería el único heredero de la familia. Tengo que asegurarme de que nadie le quite lo que es suyo.
Cada palabra de Rubén le daba de lleno en el pecho.
Las lágrimas le caían solas, estrellándose contra el suelo.
Sabía que Rubén la odiaba. La odiaba por haberse metido en su cama con trampas y forzarle a casarse. La odiaba por haberle separado de su primer amor.
Pero ¿por qué… por qué tenía que vengarse en su hijo inocente?
El dolor la estaba matando por dentro.
Durante tres años había amado a Rubén con todo su ser, arrastrándose por el suelo por él. Y él, tan hijo de puta, había acabado con la vida de su propio hijo con sus propias manos.
No sabía cómo enfrentarse a él. Solo pudo volver a su habitación dando tumbos, rezando en silencio para que Rubén, aunque fuera por pena, viniera a darle alguna explicación.
Pero Rubén no volvió a poner un pie en esa habitación.
—Rubén, ese bebé todavía tenía posibilidades… ¿Por qué le dijiste al médico que provocara el aborto directamente? Era tu hijo.
Siempre había un contrato millonario en la empresa, o algún marrón urgente en algún proyecto.
—No pasa nada… Ya vendrá —murmuró Valeria desde la cama del hospital, con el corazón hecho añicos.
Al fin y al cabo, ¿no había sido así estos tres años de matrimonio? ¿Esperando?
De repente, sonó el móvil. Era Doña Luisa.
—¿Abuelita?
La anciana sonaba contenta:
—Cari, ¿qué tal lo habéis pasado hoy con Rubi en Puerto Banús?
—¿¿Pue...Puerto Banús???? —Valeria se quedó de piedra.
¿Rubén no le había dicho nada a su abuela de que estaba en el hospital?
—¿No lo sabías? —Doña Luisa se dio cuenta enseguida de que algo no cuadraba, y su tono cambió—. Hace dos días os reservé un fin de semana en el resort Vista al Mar. Ayer le pregunté a Rubi y me dijo que ya te había dado las entradas.
Valeria no quería preocupar a la abuela. Como siempre, le cubrió las espaldas:
—Abuelita, es que me surgió algo de última hora, por eso…
Mientras hablaba, abrió sin pensar el Facebook de Rubén.
Y lo vio.
Una publicación visible solo para ella: una foto del mar desde una ventana. En el reflejo del cristal, apenas se veían dos siluetas abrazadas.
Una de ellas la conocía de sobra.
Era su marido. Rubén Ortega. El tío con el que dormía cada noche.
Valeria se quedó helada. No podía creerse lo que estaba viendo.
Actualizó la pantalla… y la imagen había desaparecido. Seguro que se había equivocado con la configuración de privacidad.
—¡Es fin de semana! ¿Qué narices puede haber pasado? No le cubras más, cariño, tú…
Doña Luisa estaba que echaba humo. Valeria reaccionó e intentó sonar tranquila:
—Abuelita.
—Rubén me ha dicho que viene conmigo al control del embarazo. No te preocupes.
Colgó el teléfono.
Siguió toqueteando la pantalla como una gilipollas, pero la imagen no volvió a salir. La “prueba” de que su marido la estaba cagando con otra parecía una puta halluciné.
Y antes de que pudiera siquiera pedirle explicaciones a Rubén, el médico apareció con la segunda bomba del día:
—Señora Jiménez, hemos detectado una masa sospechosa en su útero. Podría ser… cáncer.
Aturdida, Valeria se hizo todas las pruebas.
Con el informe de cáncer uterino en la mano, se quedó de pie, sola, en medio del jaleo del hospital.
Joder… ¿me voy a morir??????
Capítulo 2
Valeria se quedó pegada a la ventana del hospital, sin fuerzas para moverse, hasta que la noche le cayó encima.
Acariciaba su vientre con suavidad, incapaz de creerse que la muerte de su hijo y la suya propia llegarían tan seguidas.
Las palabras del médico aún resonaban en su cabeza:
—Qué pena, señora. Usted podría haber tenido hijos… ¿Cómo ha sido tan descuidada? Ahora, con el cáncer de útero, ya no podrá quedarse embarazada.
—Y lo más grave es que el cáncer ya está en fase avanzada. Su vida corre peligro....
—Hable con su familia y decidan si prefieren un tratamiento paliativo…
Nunca imaginó que aquel sería su último hijo.
Y mucho menos que ese único rastro que podía quedarle de Rubén… también se lo arrebataría él mismo, con sus propias manos.
Hasta que una enfermera de turno la llamó con amabilidad, no se acordó de que debía contarle a Rubén lo del cáncer.
Valeria abrió el contacto de Pablo, el secretario personal de Rubén, y esbozó una sonrisa amarga.
Tres años de matrimonio… joder... y ni siquiera tenía permitido llamarle directamente.
El teléfono sonó un buen rato antes de que contestaran. La voz, como siempre, sonaba desganada:
—Dime.
Valeria aguantó un pinchazo de dolor en el vientre.
—… ¿Dónde está Rubén? Tengo que hablar con él.
Pablo sonó molesto:
—El señor Ortega está ocupado ahora mismo.
—¿Podrías pasarle el teléfono, por favor…?
Antes de que Pablo pudiera responder, Valeria escuchó una voz suave al otro lado:
—Rubén, ¿qué sorpresa es? Me tienes en ascuas…
—Levanta la vista.
Reconoció al instante esa voz grave y profunda. Esa ternura que nunca había sido para ella.
Al segundo siguiente, Pablo colgó sin miramientos.
En ese mismo momento, abajo, en la calle, la gente empezó a gritar emocionada:
—Hostia. ¡Madre mía, qué bonito!
—¡Esos drones parecen una declaración de amor!
—¡Qué romántico, joder!
Valeria alzó la vista, tan pálida que parecía a punto de desvanecerse.
Sobre Puerto Banús, cientos de drones iluminados empezaron a formar figuras en el cielo nocturno.
Cuanto más miraba, más familiares le resultaban. Y peor se ponía.
Al principio era la silueta de una mujer sola. Luego aparecieron dos figuras juntas. Reconoció al hombre de inmediato.
Era Rubén Ortega.
—¿Os habéis enterado? El señor Ortega, CEO de Altamira, le ha montado este show de drones a su novia por su cumpleaños. ¡Se ha gastado doscientos millones en una noche! Joder.
—Sonia es una suertuda, ¿no? Acaba de volver de California después de doctorarse. Guapísima, lista… normal que el señor Ortega esté loco por ella.
—Claro, si ella estudió ingeniería de drones, y Altamira es líder en ese sector. Están hechos el uno para el otro, vamos.
Valeria se quedó mirando aquel espectáculo de luces durante un buen rato. Poco a poco, aflojó los dedos que sujetaban el informe médico. El papel cayó al suelo.
Aunque le contara a Rubén lo del cáncer… seguro que se alegraría.
Al fin y al cabo, así podría librarse para siempre de ella, esa sanguijuela que no se iba ni a tiros.
Valeria bajó la mirada y dejó escapar una sonrisa amarga.
Tres años de matrimonio… y por fin ese maldito sueño llegaba a su fin.
Ya era hora de devolverle a Rubén su puesto de señora Ortega.
De cumplir su deseo.
Y de liberarse a sí misma de una vez.
Abrió el portátil y contactó con un abogado que había añadido tres años atrás. Le pidió que le redactara un acuerdo de divorcio.
—No quiero nada. Ni un céntimo. Pero el divorcio… cuanto antes, mejor.
No pensaba seguir arrastrando su cuerpo cada vez más débil en negociaciones con él.
El abogado le envió el documento completo en poco tiempo.
Valeria imprimió el documento. Sujetó el bolígrafo con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon.
No titubeó. Conteniendo el temblor de sus manos, escribió su nombre, letra por letra, en el maldito acuerdo de divorcio.
Capítulo 3
A primera hora de la mañana, Valeria pidió un servicio de mensajería urgente para enviar el acuerdo de divorcio impreso el día anterior directamente desde el hospital hasta las oficinas de Altamira.
Para tonterías como recibir paquetes, Rubén nunca movía un dedo, así que tuvo que poner como destinatario a Pablo, su secretario.
En cuanto el mensajero se marchó, Valeria sintió que se quitaba un peso de encima.
Cuando saliera del hospital, pensaba largarse de la casa de los Ortega cuanto antes.
Aunque le quedara poco tiempo, al menos lo viviría con dignidad.
Un mes después, Valeria recibió el alta.
Rubén no había ido a verla ni una sola vez durante su ingreso. Solo le avisó de que pasaría a recogerla. Para Valeria, eso ya era todo un detalle por su parte.
Esa mañana, Rubén salió de la ducha.
El agua se deslizaba por sus músculos perfectos, bajando desde el pecho hasta la ingle, desapareciendo entre las sombras.
Se secó el cuerpo sin mucho cuidado. De repente sonó el móvil con el tono personalizado de Sonia. Se apresuró a mirar el mensaje, y en su cara apareció una ternura poco habitual.
[Rubi, me ha llegado el conjunto de encaje que me compraste…]
A continuación, una foto frente al espejo de cuerpo entero.
Su cuerpo estaba envuelto en encaje blanco, tentador como un imán.
El velo casi transparente apenas ocultaba lo que quería mostrar.
Los rizos caían sobre su escote, dibujando la silueta de cada curva.
Inocente y seductora al mismo tiempo, dejaba claro que quería que él la mirara.
Los ojos del hombre se oscurecieron.
[Jolín.... Es como si me fuera a casar contigo con este vestido… me da un poco de vergüenza]
Al segundo siguiente, Valeria, sola en su habitación del hospital, recibió un mensaje de Pablo:
[Señora, ha surgido un problema urgente en un proyecto. El señor Ortega no podrá ir hoy al hospital. Organícese usted misma.]
Madrugada.
Rubén llegó a casa apestando a alcohol. Se encontró a Valeria sentada en el salón, a oscuras.
Encendió la luz con el ceño fruncido.
—¿Todavía despierta?
Valeria levantó la vista hacia aquel hombre borracho. Llevaba la chaqueta colgada del brazo. Sus ojos oscuros, bajo el efecto del alcohol, eran aún más impenetrables.
Pero lo que sí se veía con claridad era la indiferencia de siempre.
Creía que él siempre había sido así.
Hoy lo entendí: el hielo que tenía a mi lado era fuego… fuego para otra.
—No podía dormir —dijo con voz suave—. Estaba pensando… ¿crees que él estará bien allí arriba?
Rubén tiró la chaqueta al sofá, confundido.
—¿Quién?
Giró la cabeza y se topó con los ojos de su mujer.
La mujer que siempre había sido tan tranquila y obediente, ahora parecía cargada de un dolor infinito.
El alcohol le hacía ver borroso todo.
Cuando volvió a mirarla, ella había bajado la mirada y pasaba la mano por su vientre, sumisa.
Como si nada de lo anterior hubiera existido.
Rubén asintió sin mucho interés.
—Estará bien…
Valeria solo estaba cabreada porque no había ido a buscarla al hospital. El niño no era más que una herramienta para llamar su atención.
Sí, le había prometido que la acompañaría ese día.
Pero Sonia…
El hombre recordó el pecho firme, apenas contenido por el sujetador de encaje, y los gemidos suaves de la mujer, que aún le hacían latir el corazón con fuerza. Apretó el móvil con fuerza.
En fin, una excusa tan cutre como "problemas en el proyecto"… solo Valeria se la tragaría.
Pero al recordar cómo aquella mujer había organizado que los periodistas les pillaran en la cama años atrás, Rubén aplastó cualquier atisbo de culpa.
Si no hubiera anunciado al día siguiente que se casaba con ella, ¡la reputación de los Ortega se habría ido al garete!
Una mujer que vendió su dignidad para trepar.
Qué asco de tía.
Seguro que ahora estaba haciendo la víctima para llamar su atención.
Solo porque no había ido a buscarla. Como si no supiera que, sin estudios ni talento, no merecía haber estado un mes entero en una suite privada del mejor hospital de España.
¡Ya había hecho más que suficiente por ella!
Valeria seguía con la cabeza gacha, como si estuviera destrozada.
Rubén le restó importancia.
—Si tanto te gustan los niños… pues venga, que haya otro.
La abrazó. Su aliento le rozaba el cuello, ola tras ola. Su voz sonaba ronca.
—Estos días estás ovulando.
—El contrato dice claro: tienes que darle un heredero a los Ortega.
Cada mes, en tus días… vamos a follar.
¿Qué pasa, se te olvidó?