Quédate el Dinero Para Mi Examiga; Mi Marido Ya Me Lo Da Todo 5 años después del divorcio, En pleno LV… me topo con mi ex, Carlos Alberto Mendoza López.La dependienta estaba envolviendo la corbata que acababa de elegir para mi marido cuando él entró. Su tono cambió al instante. —¡Señor Mendoza! Qué bien que haya venido. Su esposa ya le eligió el traje, está todo listo. Carlos asintió y su mirada cayó sobre la corbata que yo tenía en las manos. —Cóbrale lo suyo también. Rechacé con educación y dejé el dinero en efectivo sobre el mostrador. Carlos suspiró. —Sofí... Después de tanto tiempo, ¿todavía me guardas rencor? Sonreí sin contestar. ¿Quién tiene tiempo para guardarle rencor? Eso ya quedó atrás. Capítulo 1

5 años después del divorcio, En pleno LV… me topo con mi ex, Carlos Alberto Mendoza López.La dependienta estaba envolviendo la corbata que acababa de elegir para mi marido cuando él entró. Su tono cambió al instante.

—¡Señor Mendoza! Qué bien que haya venido. Su esposa ya le eligió el traje, está todo listo.

Carlos asintió y su mirada cayó sobre la corbata que yo tenía en las manos.

—Cóbrale lo suyo también.

Rechacé con educación y dejé el dinero en efectivo sobre el mostrador.

Carlos suspiró.

—Sofí... Después de tanto tiempo, ¿todavía me guardas rencor?

Sonreí sin contestar.

¿Quién tiene tiempo para guardarle rencor?

Eso ya quedó atrás.

Cogí la bolsa y la metí en mi bolso de tela, que ya iba lleno de verduras. Me di la vuelta y salí.

El viento pegaba. Fuerte. Iba hacia la parada, lo de siempre. Y de repente—¡zas!—el pelo en toda la cara. Ni veía. Nada.

Cuando por fin me aparté el flequillo, vi el coche de Carlos parado justo delante.

Al verme con los ojos rojos, frunció el ceño.

—Sube. Te llevo.

—No hace falta, de verdad. Voy en bus.

Me miró de arriba abajo, fijándose en el bolso de tela que llevaba colgado.

—Estos años... ¿has estado bien?

—Sí, bastante bien.

No me creyó.

—Venga, sube. Déjame llevarte.

Detrás, el autobús no paraba de pitar. Pero él no se movió.

Con toda la gente mirando, no me quedó más remedio que subir.

—A Villaverde —dije sin darle importancia.

Se hizo el silencio. Luego habló con voz ronca:

—¿Cómo es que vives ahí? Ese barrio lleva años abandonado. Y además, tú sola... una mujer, y encima...

No terminó la frase.

Pero yo sabía lo que quería decir.

Ahí fue donde murió mi madre, Carmen Hernández. Hace diez años, justo hoy, se negó a venir a mi boda con Carlos.

Y se tiró desde la azotea de un décimo piso.

El asiento de atrás era amplio, pero tenía la calefacción demasiado alta. Bajé un poco la ventanilla.

—Si te da el aire te resfrías. Ciérrala. Si tienes calor, bajo la calefacción.

Negué con la cabeza y sonreí.

—Ya no me pasa. Haz lo que quieras.

No volvió a decir nada. Al rato sonó su móvil.

—Cari, ¿ya recogiste la ropa? ¿Dónde estás?

La voz que salía por el altavoz me sonaba, pero ahora tenía un tono mimoso que me resultaba raro.

—Sí, ya la tengo. Me crucé con Sofí y la estoy acercando a casa.

Silencio al otro lado.

—¿Sofí ha vuelto? Hacía un montón que no la veía... ¿Por qué no me dijiste nada? Si habéis quedado, ¿por qué no me llamaste?

Conozco a Leonor Isabel desde hace más de diez años y nunca la había oído hablar así.

Antes era callada, tímida, siempre metida en sus cuadros. Cuando le robaron su obra para un concurso, solo se escondió a llorar.

Fui yo. Fui yo la que, delante de todos, cogió un bate y destrozó la obra de aquel ladrón.Yo. La que lo denunció por el tongo del concurso. Y también yo. La que pasó tres días en el reformatorio para que se hiciera justicia.

Está claro: que te quieran de verdad te hace crecer.

—Es un encuentro casual. Volveré después de dejarla, ¿vale? —dijo Carlos, firme.

—¡Cuánto tiempo sin vernos! Vamos, los tres a cenar, ¿sí?—insistió Leonor.

—Déjalo ya, Leo —Carlos cortó. Sabía que ella entendía cómo era él: Cuando él decide… nadie lo detiene.

Colgó y justo llegamos a la entrada del edificio.

—Gracias —dije y bajé del coche.

Recogió la mirada de los curiosos y me llamó:

—Sofí, ¿esa corbata era para…?

—Para mi marido.

Se tocó la frente y esbozó una sonrisa resignada. Como si yo aún le estuviera jugando.

—Mismo modelo que hace cinco años… solías comprármela a mí.

—Y eso… ¿qué importa?

Lo miré sin emoción.

—No hace falta que finjas delante de mí. Solo quiero que estés bien… no así.

—¿Así cómo?

El reflejo del cristal de la puerta mostraba a alguien con ropa cómoda, zapatos planos y un bolso lleno de compras.

Parecía una mujer común, alguien que se mueve por la vida sin lujos.

Pero para mí, acostumbrada a ropa cara y joyas, no estaba mal.

Sonreí, tranquila.

—Estoy bien —dije.

Él parpadeó, sorprendido.

—Sofí… realmente eres diferente.

—Sí, muchos me lo dicen —respondí y me fui, sin mirar atrás.

Capítulo 2

Subí por las escaleras hasta el quinto piso y abrí la puerta.

El interior no había cambiado nada desde el año pasado.

En la sala había un televisor viejo, los bordes ya amarillos.

Al lado, un marco con la foto de mi madre. Encendí una vela y su sonrisa se iluminó, suave, casi cálida.

Me puse el delantal y entré en la cocina.

Preparé rápido un guiso, una ensalada y unas rebanadas de pan fresco.

En el lugar vacío a mi lado puse un plato vacío. Nadie lo tocaría. Comí despacio, sin ganas.

—Mami, me encontré con Carlos —susurré.

—No te preocupes, ¿vale? No puede hacerle daño a tu hija. Y yo ya no soy tan tonta como antes —parecía responderme, pero solo quedaba silencio en la habitación.

Sin ganas, dejé los cubiertos y fui al dormitorio. Saqué un álbum antiguo.

—No vale con una sola foto, quiero ver más de tus fotos bonitas.—murmuré.

Al abrirlo, una foto se deslizó y cayó al suelo.

Me agaché para recogerla y finalmente vi los rostros.

Carlos, yo y Leonor.

Tres caras llenas de juventud, riendo sin parar.

Yo en el medio, sujetando sus brazos, sonriendo más que nadie.

Mi colmillo derecho faltaba, dándome un aire torpe.

Era pleno verano, teníamos 13 años.

Un cobrador llegó a casa de Carlos, gritaba y amenazaba. Ningún vecino ayudaba, ni mis padres.

Pero yo corrí hacia él.

El puñetazo que debía ir a Carlos me dio a mí.

Mis dientes se rompieron, la cara quedó hinchada semanas.

Mi madre me dijo que no me acercara a los Mendoza.

Pero la madre de Carlos, Aurora Salazar, apoyada en el bastón, se arrodilló, llorando y sujetando las manos de mis padres, agradecida como nunca la había visto.

Mi madre cedió.

Casi diez años después, en nuestra mesa siempre había un lugar reservado para Carlos. Su plato y sus cubiertos. En Navidad también recibía regalos.

Mi madre cuidaba del puesto de la señora Mendoza; si alguien la molestaba, defendía a la amiga sin dudar.

Se trataban como hermanas.

Nadie podía creerlo. Aurora, siempre tan insegura… ¡y terminó en la cama de mi padre!

Cuando regresé a casa un día, todo estaba hecho pedazos.

Mi madre lloraba en medio de la sala, sus manos marcadas en el rostro.

Mi padre protegía a su amante en un abrazo fuerte.

—Divórciate. Todo será tuyo, yo solo quiero a Aurora.

Carlos, a mi lado, se puso tenso, quiso agarrar la mano de su madre.

Pero mi madre lo abofeteó dos veces sin pensarlo.

Lo aparté de un empujón y lo vi tambalearse. Ella me miraba con los ojos abiertos, incrédula.

Yo lloraba, pero no podía contener las palabras afiladas:

—Mamá, ¿¡pero qué haces golpeando a Carlos!?

Los recuerdos se mezclaban, atrapados en esa pequeña foto que sostenía.

Después del divorcio, quemé todo lo que me recordara a él… nunca pensé que algo quedara.

Cuando iba a tirarlo, llamaron a la puerta.

Pensé que era Chelo, que siempre venía por estas fechas. Abrí.

Era Leonor, agarrada del brazo de Carlos. Sonreía.

—Sofí, ¡cuánto tiempo! Nada ha cambiado en ti —dijo.

—Me apetece pasar a verte, ¿te viene mal?—añadió ella.

La miré, tranquila.

—Ya me ves… ¿y ahora qué?

Leonor se detuvo, miró a Carlos con cierta pena.

—Nada raro, Leo solo quería hablar un poco y ponernos al día.

Carlos dejó el paquete en el mueble de la entrada. Nada más dijo.

—Este producto de cuidado facial me encanta, justo tenía un extra. Antes solíamos compartir… —Leonor sonreía con nostalgia.

Miré de reojo… igual que lo que usa la asistenta en casa.

—Esa foto… —sus ojos se humedecieron— Sofí, después de tantos años, ¿todavía no lo superas?

Amontoné la foto y la tiré a la basura:

—Nope.

Quiso tomar mi mano, pero se detuvo.

—Sé que aún hay rencor. Hoy sería su aniversario de bodas, si estuvieran juntos…

—Aquello no fue mi culpa. Si ya no te importa, déjanos invitarte a cenar. Y si necesitas algo, dínoslo. Somos viejos amigos.

Casi iba a decir que no.

Pero la vela del recuerdo chisporroteó. Sonreí, y cambié de idea:

—Vale.

Capítulo 3

Leonor había hablado más que antes.

Movía las manos sin parar.

Mientras contaba su viaje romántico a Islandia del mes pasado, aprovechó un semáforo en rojo para untarle bálsamo labial a Carlos con el dedo.

—Cari. Cada año, en cuanto llega el otoño, tengo que recordártelo. La última vez me besaste tan fuerte que me hiciste sangrar. ¿Nunca aprendes?

Él sujetó su mano, con un toque de enfado: —Para ya..

—Ay, casi lo olvido… y está Sofi, ¿verdad? No te molesta, ¿no? Es que Carlos y yo tenemos esta costumbre…

Intervine con toda la calma que pude fingir:

—Claro que no.

—Si ya os vi follando en la misma cama, ¿cómo me iba a molestar esta tontería?

El coche se quedó mudo. Silencio puro.

Miré por la ventanilla. Pensé que, si mi madre siguiera viva, no creería en todo lo que había cambiado.

Mi padre quiso divorciarse de ella por irse con Aurora. La destrozó. Y que yo, a escondidas, me casara con Carlos… terminó de matarla.

Al principio, solo odiaba a mi padre y a Aurora.

Porque traicionaron a mi madre, porque la convirtieron en una mujer rota, asustada, que saltaba por cualquier cosa.

El tiempo fue cruel con ella. Se la llevó poco a poco.

Luego, me empecé a odiar a mí misma.

Enterré a mi madre, llorando como una niña, y en lugar de irme de luna de miel, me fui sola a Sevilla un mes entero.

Y aun así… ni un solo día llegué a odiar a Carlos.

Antes de irme, le pedí a Leonor que cuidara de él.

Y lo hizo.

Se instaló en nuestra casa recién puesta, cocinaba como si fuera suya.

Un guiso humeando en la encimera, una ensalada fresca al lado, pan crujiente… todo perfecto.

Yo se lo agradecí de verdad.

Ese año, los tres parecíamos más unidos que nunca.

Carlos fue incluso mejor conmigo.

Su primer dinero serio lo gastó en una pulsera de gemas que yo adoraba.

En mi cumpleaños hizo estallar fuegos artificiales por toda la ciudad.

En mis días malos, cancelaba reuniones y trabajaba conmigo en casa.

Jamás dudé. Creía que me amaba de verdad.

Hasta que un día, por casualidad, fui sola a su oficina.

Detrás de una puerta entreabierta… esos gemidos. Demasiado bajos. Demasiado íntimos.

Abrí. Dos cuerpos desnudos. Blancos. Pegados. Un cuchillazo directo a mis ojos.

Grité. No pude contenerlo.

Carlos se movió rápido, cubriendo a la mujer debajo de él.

—¿Quién coño te dijo que entraras?

—¡Fuera!

Me volví loca.

Agarré todo lo que tuve a mano y se lo lancé.

Vi su sangre correr por la sien… pero él seguía protegiéndola.

Lo destrocé todo. Todo.

Pero no me atreví a acercarme.

Eran… mis dos personas favoritas en el mundo.

Y me habían clavado un puñal juntos.

Temblaba tanto que apenas podía hablar.

—Leonor Isabel … mírame.

Ella lloraba, envuelta en la sábana, y cayó de rodillas delante de mí.

—Sofí… perdón.

—No teníamos que… pero es que nos enamoramos, no pudimos evitarlo.

—Por favor… déjanos, déjanos estar juntos.

Su actitud sumisa me recordó al día que la conocí, cuando unas matonas la tenían acorralada en un callejón.

Ese año, por defenderla, me hice enemistad con toda esa pandilla. Durante meses ni me atreví a pasar por allí.

Yo misma le di el ramo de mi boda.

Le deseé que encontrara su propia felicidad.

Y ahora estaba en brazos de mi marido, pidiéndome que los dejara ser felices.

Las lágrimas me cayeron solas. Hablé en voz baja.

—¿¿Des...Desde cuándo?

Le temblaban los labios. No podía hablar.

Pero alguien respondió por ella.

—¿Y eso qué coño importa? ¿Ya has terminado el numerito? Esto es una oficina, no tu casa. Lárgate.

—¿Que no importa? ¿¡QUE NO IMPORTA!? ¡Hijo de puta, Carlos! ¿¡QUE NO IMPORTA!?

Se lo grité fuera de mí.

Él estaba desnudo, pero me miraba sin vergüenza.

—¡Vale! ¡Te lo digo!

—El marzo pasado, cuando te largaste sola a Sevilla, ahí empezó todo.

—No quería ocultártelo, pero acababas de perder a tu madre. No quería hacerte más daño. Así que seguí con el matrimonio por ti.

—Leo ya ha sufrido bastante. No quiero verla asustada por mi culpa. Iba a pedirte el divorcio después del aniversario de tu madre.

—Pero ya que te has enterado, hablemos claro.

—Divorcio. Pide lo que quieras. Solo quiero a Leo.

Fue entonces cuando lo entendí del todo.

Aquel empujón que le di a mi madre aquel día, poniéndome del lado de Carlos...

Cuánto debió de dolerle.

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