El Secreto con Mi Papá
No todas las chicas tienen la suerte que yo tengo de tener un Papá como el mío. Realmente me considero increíblemente afortunada. Desde que mamá se fue —se escapó con uno de sus novios hace unos diez años— mi Papá ha sido la única constante en mi vida, el que siempre se ha ocupado de mí sin fallar nunca.
Técnicamente, no es mi padre biológico. Mamá lo conoció cuando fue a cambiar el aceite del coche al taller, yo tenía solo ocho años. Durante casi seis meses vivimos los tres juntos como si fuéramos una familia de verdad: comiendo juntos, riendo, pasando noches tranquilas. Esos meses siguen siendo de los más felices que he tenido nunca.
Pero de repente, tan rápido como apareció, mamá desapareció y me dejó atrás. Papá intentó localizar a mi padre de verdad, pero estaba en la cárcel. Papá siempre dice que mis abuelos son “una panda de desgraciados” y que conmigo estoy muchísimo mejor. Así que, durante los últimos diez años, hemos sido él y yo, solos.
Papá nunca ha tenido otras novias en todo este tiempo. Una vez me dijo que le preocupaba que otras mujeres no entendieran lo importante que soy para él. Incluso bromeó diciendo que algunas podrían sacar ideas raras sobre cuánto me quiere y que la policía podría venir a quitármelo si corrieran esos rumores.
Estoy tan agradecida de que Papá haga lo que haga falta para mantenernos juntos. Solo de pensar en que pueda venir la policía y separarnos se me pone un nudo en el estómago. No me imagino viviendo en un hogar de acogida ni en un centro de menores. Seguro que allí no me tratarían como la princesa que Papá dice que soy.
Papá me llama su “princesita bonita” y dice que merezco que me traten como tal. Todos los días me lleva en coche a las clases de ballet, me compra cualquier capricho que se me antoje y hasta él mismo elige vestidos bonitos para que me los ponga. Las otras chicas del instituto no lo entienden. Se pican y se ríen de mí, diciendo que ya soy demasiado mayor —tengo dieciocho— para ir con vestiditos y seguir con juguetes. Dicen que parezco una cría porque no me deja salir con chicos ni ir a fiestas.
Bueno, en parte es verdad. Soy bastante bajita —solo mido metro cincuenta y dos— y apenas estoy desarrollada. Me pongo sujetador todos los días, aunque en realidad no me hace falta. Cuando entreno ballet con el maillot ni siquiera lo llevo; al final, ninguna bailarina profesional lo usa bajo el traje.
Que sea tan pequeña puede hacerme impopular en el instituto, pero sin duda me ayuda con el ballet. Sueño con llegar a ser prima ballerina algún día y practico todas las tardes sin falta. Papá siempre viene conmigo y se sienta calladito en un lateral. A las profesoras no les gusta que esté allí, pero él viene a animarme y a corregirme suavemente la postura cuando hace falta.
Cuando lo hago bien, al llegar a casa Papá me deja acurrucarme en su regazo. Me encanta sentarme ahí: su regazo es grande y fuerte, como debe ser el de un Papá. Le rodeo el cuello con los brazos y aspiro su olor, una mezcla de aceite de motor y sudor de tantas horas trabajando en el taller. Me dice lo bonita que soy y cuánto me quiere.
A veces me muevo y me retuerzo encima de su regazo porque me hace sentir cosquillitas raras en la tripita. Él dice que es travieso, pero nunca me hace parar. De vez en cuando se echa hacia atrás y me deja retorcerme hasta que siento que me voy a hacer pis. Solo lo hace cuando he sido muy buena. Es nuestro pequeño secreto y me hace sentir especial… como si de verdad perteneciera a alguien, como si de verdad me quisieran.
Capítulo 1
No le digas nada a papá, pero últimamente no he sido nada buena. De hecho, he sido bastante mala. Todo empezó porque llevo noches soñando cosas muy feas con él.
Una de esas noches no conseguía dormirme. Me dolían las piernas de tanto bailar y daba vueltas en la cama sin encontrar postura. Al final me levanté y, solo con mis braguitas de algodón y una camisita de tirantes, me fui de puntillas hasta la habitación de papá. A veces, cuando no puedo dormir, me deja meterme en su cama.
Pensé que ya estaría roncando (nos habíamos acostado a la misma hora, a las diez), pero había luz debajo de su puerta, que estaba entreabierta. Sabía que estaba mal espiar, pero tenía que saber qué hacía despierto tan tarde. Me pegué a la pared y abrí un poquito más, solo lo justo para asomarme.
Papá estaba sentado en la cama, apoyado contra la cabecera. No llevaba pijama; estaba desnudo y se le marcaban todos esos músculos fuertes que tiene. Lleno de tatuajes antiguos, de antes de conocer a mamá. Solo alcancé a ver bien uno, el único que se hizo después de que llegáramos nosotras: un corazón con mi nombre dentro, «Carlota». Me hace tanta ilusión ese tatuaje… Es como si llevara escrito para siempre que soy suya.
Sonreí desde mi escondite aunque él no podía verme.
Estaba viendo la tele. Me tuve que mover un poco para ver qué ponían. Y entonces me quedé de piedra: en la pantalla salían unas chicas muy malas vestidas de bailarinas, pero no estaban bailando. Se tocaban y se lamían sus partes de abajo, una a la otra.
Sabía que papá se enfadaría muchísimo si supiera que lo estaba mirando, pero no podía apartar los ojos. Y entonces llegó lo peor.
Papá empezó a tocarse su cosa. La frotaba despacito y yo veía cómo se iba poniendo cada vez más grande, más grande, hasta que estaba dura y parecía casi tan larga como mi antebrazo.
Cuanto más miraba, más rara me sentía. Me dolían los pezoncitos, que se me habían puesto tiesos y rosados debajo de la camiseta. Solo se me aliviaba un poco si me los pellizcaba y los giraba entre los dedos. Mejor aún si me chupaba los dedos antes, los mojaba bien y luego los pasaba por ahí. Pero cuanto más me tocaba, más se me mojaban las braguitas… hasta que noté que tenía un charquito caliente entre las piernas.
Capítulo 2
Fue lo más raro del mundo. Yo sabía que no me había hecho pis, pero mis braguitas estaban empapadas. Las toqué por encima y resbalaban. Metí un dedo en la boca… y sabía dulce, como a melocotón maduro. Volví a meter la mano dentro y noté mi rajita caliente y mojada. Sabía que no debía tocarme ahí, pero era demasiado rico.
Papá se acariciaba cada vez más rápido y más fuerte; empezó a soltar gemiditos bajitos. Yo pensé que le dolía algo. Parecía que se estaba dando un masaje muy intenso. Cuanto más se tocaba él, más ganas tenía yo de hacer lo mismo. Me estaba dando esa misma sensación que cuando me retuerzo en su regazo después de ballet… y me encantaba.
Justo cuando estaba llegando a lo mejor, pasó lo que nunca me esperé: papá se frotaba como loco y de repente dio un empujón con la cadera y soltó un gemido ronco: «¡Loti…!».
Me quedé paralizada. ¿Me había pillado espiando? Pero no miró hacia la puerta. De pronto salió un chorro blanco de su cosa, uno tras otro. Yo no me moví ni un milímetro. Lo vi coger clinex de la mesilla y limpiarse todo aquello.
Se dejó caer sobre la cama, apagó la tele y yo corrí a mi cuarto sin hacer ruido, como un ratoncito.
Ya en mi cama era imposible dormir. Solo pensaba en papá tocándose. Yo quería acariciárselo yo. Mejor aún: quería sentarme encima y retorcerme como siempre, pero sin ropa de por medio.
Sabía que estaba siendo muy mala, pero no podía parar. Cogí a Manolito, mi osote de peluche enorme que papá me ganó en la feria de abril hace unos años, y lo tumbé boca arriba. No era tan grande como papá, pero casi llegaba a mi tamaño.
De pronto se abrió la puerta del todo.
—¿Cariño? —preguntó papá—. Te he oído gritar mi nombre.
Nos miramos a los ojos.
—Perdona, papá, creo que he tenido una pesadilla.
No contestó. Miró alrededor y vio a Manolito en la cama, boca arriba y con las patas abiertas. Esperaba que no oliera raro, pero era imposible que no lo notara. Me moría de vergüenza.
Papá nos miró a mí y al oso, suspiró profundo y asintió.
—Vale, pequeña. Vuelve a dormir. Si necesitas algo me llamas.
Cerró la puerta y me dejó sola, sintiéndome la niña más mala del universo.
A la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar antes del insti, me dio un beso como siempre, pero se le notaba algo raro en la cara.
—Cariño —empezó mientras removía el ColaCao—, tengo que pedirte perdón.
—Papá, qué tontería…
—No, déjame hablar. Tú sabes que te quiero con locura, ¿verdad?
Asentí, muerta de miedo por lo que vendría ahora.
—Tú eres lo más importante del mundo para mí —siguió, con la cara llena de nubes— y me da miedo haberte educado mal.
Negué con la cabeza. ¡Eso era una locura! ¡Era el mejor padre del mundo!
—Tienes dieciocho años, Loti. Y yo te sigo tratando como si fueras un bebé.
Ahí ya no entendía nada.
Me senté en uno de los taburetes altos de la cocina y esperé. Él también estaba nervioso: abría la boca, la cerraba, se pasaba la mano por el pelo. Yo retorcía el encaje del bajo de mi vestido con los dedos y miraba al suelo, esperando que dijera de una vez qué pasaba.
Capítulo 3
—Mira, Loti —siguió papá, con la voz un poco temblorosa—, delante de mis ojos te has convertido en una mujer preciosa. Dentro de poco habrá chicos haciendo cola para salir contigo.
Respiró hondo.
—Y me da miedo no haberte preparado. No te he enseñado nada sobre lo que quieren los hombres… ni siquiera sobre tu propio cuerpo.
—¡Papá, yo no quiero a ningún otro hombre! ¡Quiero vivir contigo para siempre! —casi grité. Me aterraba esa tontería de los chicos. Yo no me iba a ir nunca de su lado.
—Pues eso, cariño… que papá también es hombre —dijo, y de repente su cara cambió. Tenía una mirada rara, como hambrienta. Siempre ha sido guapo, pero esa expresión me revolvió toda la tripa de mariposas.
—¿Hay algo que tú quieras, papá? —susurré, notando cómo se me ponía la piel de gallina.
—Sí, mi princesa —respondió bajito—. Papá ha estado tan ocupado cuidándote que… se ha olvidado un poco de sí mismo.
—¿Puedo cuidarte yo, papá? ¿Me enseñas cómo? —bajé del taburete y me acerqué despacito. Respiraba fuerte, olía a sudor de hombre y me gustaba. Alcé las manos y las puse en su pecho ancho. Sus ojos marrones se clavaron en los míos y yo aleteé las pestañas.
—Ha llegado la hora de que papá te enseñe lo que quieren los hombres. ¿Alguna vez has besado a un chico, Loti? —me sujetó las muñecas para que no pudiera apartarme.
—No, papá. Tú no me dejas. Además, ningún chico me hace caso.
—Ay, mi niña, muchos te miran… pero tú eres buena. Ahora papá te va a enseñar a besar de verdad.
Bajó la cara y rozó sus labios carnosos con los míos, que sabían a gloss de fresa. Fue un beso muy suave, pero me encendió entera. Quería más. Apoyé mi boca con más fuerza.
—Abre la boquita y recibe la lengua de papá —susurró.
Obedecí y sentí su lengua grande y caliente entrando, jugando con la mía. Se me aceleró el corazón, me mareé un poco. En el insti había visto a las chicas malas besándose así con sus novios y siempre me había parecido asqueroso. Ahora entendía por qué lo hacían… y me parecía aún más guarro que lo hicieran en público.
Se me escapó un gemidito sin querer.
—¿Te gusta, cariño?
—Sí, papá… —le mordisqueé el labio de abajo, pidiendo más lengua.
—Vale, ahora vamos a probar otra cosa.
Deslizó los tirantes de mi vestido amarillo favorito por los hombros.
—¡Papá, espera! No llevo sujetador —confesé, roja como un tomate.
—No pasa nada, cariño. Enséñale a papá tus tetitas bonitas.
Desabroché los corchetes delanteros y dejé que el vestido cayera al suelo. El aire fresquito del aire acondicionado me puso los pezones duros como piedrecitas rosas. Tenía miedo de que no le gustaran mis pechitos tan pequeños, pero él los cogió con sus manos grandes y callosas y pasó los pulgares por encima. El escalofrío que me dio fue tan fuerte que se me escapó un gritito.