¿Te Tatuó ‘Amante’ en el Pecho? Bien. Yo Te Grabaré ‘Arruinado’ en el Futuro El día de nuestro 7.º aniversario de boda coincidió con la víspera de Navidad en el barrio de Salamanca, Madrid. Las calles brillaban con luces de colores y el aroma a castañas asadas flotaba en el aire frío. :Julián Fernández y yo habíamos decidido tatuarnos el nombre del otro en la piel. Un pacto eterno. O eso creía yo. Cuando desperté del aturdimiento post-tatuaje, lo primero que vi fue mi pecho. Y ahí estaba. "La reina tragapollas de Madrid". Me quedé congelada. Samanta, la tatuadora, se tapó la boca con las manos y soltó una risita nerviosa. —Ese apodo me lo dio tu marido. Lo hice bien, ¿no? La sangre me hirvió. Agarré la taza que tenía al lado y se la lancé directo a la cara. Pero Julián apareció de la nada y se interpuso, abrazándola como si fuera una puta muñeca de cristal a punto de romperse. Me miró con el ceño fruncido, con ese tono que usaba cuando decía que yo me lo tomaba todo a lo grande —Samanta es joven, Cata. Solo era una broma. ¿De verdad te vas a poner así? Mis ojos bajaron hacia su cuello. Ahí, donde debía estar mi nombre, había otro. Samanta Flores. Samanta era la ‘chica pobre’ a la que había estado becando durante años. Incluso le pagué estos malditos estudios de tatuaje. Ella asomó la cabeza desde el pecho de Julián, sacó la lengua como si fuera una niña traviesa y dijo con voz cantarina: —Es que Juli me dijo que mi nombre le gustaba mucho. Jejeje.. Hizo una pausa. —Solo fue una bromita, Hermana. No te enojarás... ¿verdad? Fui demasiado buena con estos dos hijos de puta. Por eso ahora creen que pueden pisotearme. Pero se equivocaron. Se atrevieron a marcarme así... Bueno. Yo les voy a arrancar la piel. Capítulo 1

El día de nuestro 7.o aniversario de boda coincidió con la víspera de Navidad en el barrio de Salamanca, Madrid. Las calles brillaban con luces de colores y el aroma a casta?as asadas flotaba en el aire frío. :Julián Fernández y yo habíamos decidido tatuarnos el nombre del otro en la piel. Un pacto eterno. O eso creía yo.

Cuando desperté del aturdimiento post-tatuaje, lo primero que vi fue mi pecho.

Y ahí estaba.

"La reina tragapollas de Madrid".

Me quedé congelada.

Samanta, la tatuadora, se tapó la boca con las manos y soltó una risita nerviosa.

—Ese apodo me lo dio tu marido. Lo hice bien, ?no?

La sangre me hirvió.

Agarré la taza que tenía al lado y se la lancé directo a la cara.

Pero Julián apareció de la nada y se interpuso, abrazándola como si fuera una puta mu?eca de cristal a punto de romperse.

Me miró con el ce?o fruncido, con ese tono que usaba cuando decía que yo me lo tomaba todo a lo grande

—Samanta es joven, Cata. Solo era una broma. ?De verdad te vas a poner así?

Mis ojos bajaron hacia su cuello.

Ahí, donde debía estar mi nombre, había otro.

Samanta Flores.

Samanta era la ‘chica pobre’ a la que había estado becando durante a?os. Incluso le pagué estos malditos estudios de tatuaje.

Ella asomó la cabeza desde el pecho de Julián, sacó la lengua como si fuera una ni?a traviesa y dijo con voz cantarina:

—Es que Juli me dijo que mi nombre le gustaba mucho. Jejeje..

Hizo una pausa.

—Solo fue una bromita, Hermana. No te enojarás... ?verdad?

Fui demasiado buena con estos dos hijos de puta.

Por eso ahora creen que pueden pisotearme.

Pero se equivocaron.

Se atrevieron a marcarme así...

Bueno. Yo les voy a arrancar la piel.

Mi rostro se oscureció.

Antes de que pudiera decir nada, aparecieron unos amigos de Julián, los mismos con los que íbamos a decidir dónde pasar la Navidad, todos partiéndose de risa al entrar a la tienda.

—Joder. Juli y Cata siguen tan enamorados como siempre, ?eh?

—Tío, obvio. Cuando la conquistó, le armó un jardín entero con 99,999 rosas doradas. Una pasada, vamos.

—Joder, 7 a?os de casados y todavía vienen a hacerse tatuajes de pareja. Julián sigue siendo el mismo romántico de mierda, eh.

—Oye, Juli, tío, ?para qué nos has citado hoy? ?Nos vas a anunciar algo o qué? ?Este a?o te llevas a Cata a Japón para Navidad? ?A ver las luces de invierno en Tokio? ?O van a pasar Nochevieja juntos viendo los fuegos artificiales desde algún onsen privado, no?

—Ay, ?qué se tatuaron?

La pregunta quedó flotando en el aire.

Todos miraron hacia mi escote abierto.

Las sonrisas se congelaron.

Seguían con la boca entreabierta, pero los ojos ya estaban muertos.

El silencio se volvió insoportable.

Solo Samanta soltó una risita suave.

Julián frunció el ce?o y, sin pensarlo, tiró de ella hacia atrás, como protegiéndola.

—Samanta. Pide disculpas.

Ella hizo un puchero y murmuró con desgano:

—Perdón. ?Ya está?

Me miró de reojo y puso los ojos en blanco.

—Solo era una broma. No hay que tomárselo tan en serio.

Luego a?adió en voz baja:

—Las viejas siempre hacen un drama de todo.

Julián le dio unas palmaditas en el hombro, como si fuera una ni?a que acababa de decir una travesura sin importancia. Luego me miró con ese tono que usaba cuando quería "razonar conmigo".

—Samanta ya reconoció su error. No seas tan dura con ella.

—Solo tiene veinte a?os. Es inocente. Dice lo que piensa sin filtro.

—Tú siempre has sido generosa. No la hagas sufrir por esto.

Cada palabra era un pu?al envuelto en terciopelo.

Julián estaba ahí parado, impecable como siempre, ejerciendo su papel de juez neutral. Como si estuviera siendo justo.

Me dieron ganas de reír.

—?Disculpas?

—No las acepto.

Me ajusté la blusa despacio, cubriendo esa marca de humillación grabada en mi piel.

Las u?as se me clavaron en las palmas. Dolía. Pero era nada comparado con lo que sentía en el pecho.

Lo miré fijamente. Pronuncié cada palabra con claridad helada.

—Ya que tú no puedes manejar esto...

—Yo lo voy a resolver a mi manera.

Me di la vuelta y salí.

Justo antes de que la puerta se cerrara, alcancé a escuchar voces adentro.

—Joder, tío, esa mirada que puso Cata... me heló la puta sangre. Nunca en su vida la han humillado así. ?De verdad creéis que se va a quedar con los brazos cruzados? Yo que vosotros, me cuidaría el culo, eh.

Alguien más agregó con cautela, bajando la voz:

—Hostia, tío, Cata no es ninguna tonta. Y tampoco es de las que perdonan, vamos. Esto no va a quedar así, os lo digo yo. Julián, colega, ve con cuidado, ?eh?

—Joder, tíos, ya está. Se nos acabó la fiesta. Los planes de Navidad... a la mierda. Ya nadie nos va a llevar de viaje, eh. Adiós a Japón, adiós a todo. Estamos jodidos, macho.

La voz de Julián sonó tranquila. Segura.

—No hará nada. La conozco. Solo está enojada. No va a tocarle un pelo a Samanta.

Hizo una pausa.

—Además, yo la protejo. Cata no puede hacer nada.

Hubo un silencio incómodo. Intercambiaron miradas.

No podían creer que Julián, que siempre me complacía en todo, ahora protegiera así a Samanta.

Uno de ellos se apresuró a adularle con una sonrisa:

—Claro. Ahora la se?orita Flores es la verdadera due?a del corazón de Julián.

Me quedé parada afuera, con una sonrisa fría dibujándose en mi boca.

?Que no voy a vengarme?

Entonces no merezco llevar el apellido De la Torre.

Es hora de que vean de lo que soy capaz.

Subí al auto y saqué mi teléfono.

—Esta noche. A medianoche.

—Tráeme a Samanta Flores.

—Y prepara el equipo de injerto de piel. CON TODO EL PERSONAL MéDICO NECESARIO.

Capítulo 2

A las once de la noche, mi hermano Alejandro me envió un mensaje.

—Mis guardaespaldas ya te llevaron a Samanta. Llegan a la mansión en veinte minutos.

Estaba por responder cuando mi mejor amiga me mandó un enlace de la repetición del TikTok Live.

Lo abrí.

Samanta estaba sonriendo a la cámara, radiante.

—Hoy le hice un dise?o exclusivo a una pija que se hace pasar por socialité. Durante todo el proceso se comportó como si fuera una princesita mimada.

Agitó la máquina de tatuar frente a la cámara.

—?Adivinan qué le tatué? "La reina tragapollas de Madrid".

—Tía, es que no sabéis lo que fue, de verdad.

La pava tiene treinta a?os y sigue con esos escotazos, ?sabéis? Como si fuera una veintea?era, la muy guarra… pff, insoportable.

Y la piel, madre mía, tan fofa que ni podía meter bien la aguja.

Le metí tres pinchazos fuertes a posta, eh.

Ese tatuaje no se lo quita ni Dios, vamos.

Los comentarios explotaban: "“Reina total.”

“Así se hace, tía.”

“JAJAJA qué fantasía.”

“Sigue, sigue, que estoy living.”

Samanta seguía hablando, con los ojos brillando de satisfacción.

—Tía, es que he visto a un montón de mujeres así, de verdad.

Se creen algo solo porque en su casa hay pasta, ?sabes?

Lo único que saben hacer es comprarse bolsos y tirarle la ca?a a cualquier tío que pase.

No como yo, vamos… que con veinte a?itos ya tengo mi propio negocio, y por talento, eh.

Fingió suspirar.

—Ay, qué lástima… Por mucho que se hagan tratamientos, estas mujeres ya están acabadas.

La piel les cuelga por todos lados y sus maridos, madre mía, ya no las soportan ni un segundo.

—Pero ojo, que en el próximo directo va a estar todavía mejor.

Les voy a ense?ar cómo se vive de verdad, a estas inútiles que solo saben depender de un tío, ?vale? JAJAJA.

El directo terminó.

Me eché a reír. De pura rabia.

El nombre "Samanta Flores" se lo puse yo.

Hace cinco a?os fui a las monta?as del norte a supervisar un programa de becas. La encontré en una choza destartalada con el techo goteando.

Una ni?a de dieciséis a?os, acurrucada sobre un petate delgado, llena de moretones y heridas de golpes. Tenía terror en los ojos. Desamparo puro.

Estaba desnutrida, demacrada, con la mirada llena de vergüenza y desesperación.

En aquel entonces la llamaban “Zorra”. Su padre decía que tarde o temprano acabaría trabajando de puta en la calle, así que mejor ponerle un nombre acorde.

Se aferró a mi ropa y me suplicó:

—Por favor, se?orita. Yo quiero estudiar.

La traje a Madrid. Le cambié el nombre a Samanta Flores. Quería que fuera fuerte, valiente. Que tuviera su propia vida.

Le pagué la mejor academia de tatuaje, la Tattoo Academy ESAP. Cuando se graduó, fui yo misma a inaugurar su tienda y cortar la cinta; me sentí tan orgullosa, no podía dejar de sonreír mientras veía todo lo que había logrado.

Y ahora usa las habilidades que le pagué para marcarme con humillación. Para exponerme en internet como un maldito espectáculo.

Irónico, ?verdad?

La saqué de un pueblo miserable donde ni siquiera tenía un nombre decente. Le di educación, un futuro, una vida.

?Y cómo me paga?

Grabándome en la piel como si fuera basura. Riéndose de mí frente a cámaras.

Incluso para robarme a mi marido.

Pero lo que más me sorprende...

Lo que de verdad me revienta...

Es que Julián, mi adorado marido, el que siempre juró que yo era su mundo entero...

Ahora la defienda a ella como si fuera una santa.

Como si yo fuera la villana.

El amor de mi vida protegiendo a la zorra que me humilló.

Qué puta ironía.

El estruendo de pasos me sacó de mis pensamientos.

Decenas de guardaespaldas de negro entraron en fila.

Dos de ellos arrastraban a Samanta y la tiraron al suelo como si fuera basura.

Ella levantó la cabeza con esfuerzo, con furia en los ojos.

—?Co?o, Catalina! ?Qué mierda sabes hacer además de usar tu puto apellido para aplastar a la gente?! ?Eh?! ?Dime! ?Qué más sabes, perra asquerosa?!

De pronto se le iluminó la cara. Sonrió con malicia.

—?Sabes qué? Cuando Julián se entere de lo que me hiciste... no te lo va a perdonar. Jamás. él me va a proteger a mí. No a ti, zorra.

Hizo una pausa, saboreando la victoria.

—Y cuando se canse de ti... porque se va a cansar, vieja... ?crees que tu familia va a recibir con los brazos abiertos a una hija rechazada por los Fernández? Sin Julián, sin tu familia... no eres nada. Yo tengo a Julián. ?Y tú? Tú NO TIENES UNA PUTA MIERDA.

La miré con una sonrisa tranquila.

—Querida... cuando Julián me perseguía, jamás supo nada de los De la Torre.

—él me eligió sin saber mi apellido. Sin saber mi fortuna.

Incliné la cabeza con suavidad.

—?Y tú? Tú solo apareciste cuando él ya lo tenía todo. Cuando ya no necesitaba esforzarse.

—Así que dime... ?quién crees que ocupa realmente su corazón?

Su sonrisa se congeló.

La miré desde arriba, levanté su barbilla con la punta de mi zapato.

—Es cierto. Ahora tienes veinte a?os. Eres joven y bonita.

—La piel de tu cara es suave y firme. Perfecta para cubrir el tatuaje en mi pecho.

Sus pupilas se contrajeron.

—Y sobre lo de "usar el poder de mi familia"...

Solté su barbilla y tomé la toalla desinfectante que me pasó el mayordomo. Me limpié las manos con calma.

—Te equivocaste en algo.

—En Madrid...

—YO SOY EL PODER.

Capítulo 3

Cuando se encendió la lámpara del quirófano, el olor a desinfectante me hizo tener un flashback.

De repente vi con claridad a Julián a los dieciocho a?os.

Siempre se sentaba en la primera fila, con la espalda recta como una vara.

El cuello de su camisa estaba desgastado, con los bordes deshilachados.

Una vez faltó tres días a clase por fiebre alta. Cuando lo encontré, estaba trabajando de mozo de almacén, cargando cajas.

Le metí cinco mil euros en la mochila.

Me persiguió tres calles para devolvérmelos. Con la voz ronca me dijo:

—Catalina, por favor. Déjame un poco de dignidad.

Desde entonces, siempre traía “por casualidad” un desayuno de más, y “de paso” le prestaba mis apuntes, sin que él lo notara.

En Nochebuena, se quedó parado bajo cero grados frente a mi residencia, con un cucurucho de casta?as asadas, hasta que se apagaron las luces. Cuando me vio, lo primero que dijo fue:

—Cata... ?puedes esperarme un poco?

Muchos a?os después, levantó su empresa desde cero. La llevó a cotizar en bolsa.

Esa noche me abrazó toda la noche. Con la voz quebrada.

—Durante esos a?os, tía, apenas dormía tres horas al día.

Tenía miedo de no poder seguirte el ritmo, ?sabes?

Y miedo de que te dieras cuenta de que me tocaba ahorrar toda una semana solo para invitarte un café…

Hasta el día en que conoció a mis padres.

Fue entonces cuando supo.

Que la "Catalina" que él conocía...

Era Catalina de la Torre.

La hija del hombre más rico de Madrid.

Julián me dijo después que en ese momento solo pensó:

—Resulta que el final de todo mi esfuerzo... ni siquiera alcanza tu punto de partida.

Después de enterarse de mi apellido, Julián se volvió un adicto al trabajo.

Se mató negociando contratos, proyectos, sacrificando su salud, abriéndose paso en los círculos más exclusivos de Madrid.

Y luego...

Me propuso matrimonio con 99,999 rosas doradas formando un jardín entero.

En ese entonces dijo que el significado de su vida era convertirse en alguien digno de mí.

La anestesia fue desapareciendo. Sentí una punzada en el pecho.

El amor que Julián me dio era como fuegos artificiales: grande, brillante…

Lástima que los fuegos artificiales siempre se apaguen demasiado rápido.

Y las promesas… solo suenan bonitas en el momento en que se dicen.

El "para siempre" que juramos... no sobrevivió ni siete a?os.

—?Se?orita?

Abrí los ojos de golpe. Mis dedos tocaron algo húmedo en la esquina de mi ojo.

El pecho me dolía de una forma que no podía detener.

El mayordomo murmuró en voz baja:

—El se?or Fernández ha regresado.

Bajé la vista hacia mi pecho. La piel ya había sido reemplazada perfectamente.

El nuevo injerto estaba ligeramente enrojecido, pero liso. Ya no quedaba ni rastro.

Julián entró cargando bolsas de compras. Sonriendo como siempre.

Dejó una bolsa con el logo de Bvlgari a un lado y extendió la mano para tocar mi rostro.

—Cari, hoy Samanta se pasó.

—Te he comprado un collar nuevo. No te enfades con ella, ?vale?

El equipo médico ya se había ido. Solo quedaban algunos guardaespaldas.

Julián no notó nada raro. Abrió el estuche con una sonrisa. Los diamantes brillaban con fuerza.

—Te prometo que no voy a dejar que Samanta haga más tonterías.

Cuando mencionó a Samanta, su tono llevaba un cari?o que ni él mismo notaba.

Me quedé quieta, mirándolo.

El Julián de ahora llevaba un reloj de varios millones en la mu?eca.

El cuello de la camisa que antes estaba deshilachado ahora tenía botones de nácar.

Hasta el perfume que usaba...

Era azahar. El mismo que Samanta llevaba en el cabello.

Lo miré. Con toda esa elegancia que ahora cargaba. Y de pronto recordé aquella noche de invierno cuando tenía dieciocho a?os.

Parado en la nieve, con el relleno del abrigo asomándose por las mangas. Pero abrazando las casta?as asadas contra su pecho para que no se enfriaran.

—?Cata?

Al ver que no respondía, dio otro paso hacia mí. El aroma a azahar se hizo más fuerte.

De repente, Samanta salió tambaleándose y se lanzó a sus brazos.

—?Julián!

Se tambaleó hacia él, casi cayéndose. él la atrapó de inmediato.

—Ella... ella mandó que me sujetaran entre varios hombres...

Su voz temblaba.

—Me arrancaron la piel a la fuerza, Julián... yo gritaba... te llamaba... pero tú no estabas...

Levantó la vista hacia él, con los ojos llenos de lágrimas.

—?No dijiste que siempre ibas a protegerme? ?Que mientras tú estuvieras a mi lado, nadie me iba a tocar?

Se tocó el pecho con mano temblorosa.

—Me duele muchísimo... pero me duele más pensar que... que ella puede hacerme lo que quiera...

La respiración de Julián se agitó.

Miró la gasa en el pecho de ella. Luego miró mi pecho liso. Su nuez de Adán subió y bajó violentamente.

Su tono se volvió duro.

—Catalina… ?cómo te has vuelto tan retorcida?

Samanta sollozaba suavemente en sus brazos.

Pero me miraba con desafío. Con triunfo.

—?Es tan joven, joder! ?Apenas tiene veinte a?os! ?Cómo mierda va a vivir con una cicatriz así?!

Su voz se volvió cortante. Llena de rabia.

—?Querías destruirla? ?Tenías que joderle la vida para sentirte mejor?!

—?Querías destruirla? ?Tenías que joderle la vida para sentirte mejor?!

Lo vi protegerla así. Y de pronto recordé al Julián de dieciocho a?os.

Que me abrazaba con cuidado, sin atreverse a apretar. Pero que juró protegerme toda la vida.

Toqué mi pecho con cuidado. Como si todavía ardiera.

—?Pensaste en cómo voy a vivir yo con esas palabras grabadas en mi piel?

Mi voz salió tranquila. Demasiado tranquila para lo que sentía por dentro.

—?Pensaste en lo que se siente... ver al hombre que juraba amarme por encima de todo... defendiendo a la mujer que me hizo esto?

Tragué saliva. Me ardía la garganta.

—Ella me marcó como basura.

Alcé la vista hacia él.

—Yo solo le quité lo que me debía. Un pedazo de piel. Muy justo.

Julián abrió la boca. Pero no dijo nada.

Al ver que Julián se quedaba en silencio...

Samanta se acurrucó más en su pecho y gritó con histeria:

—?Julián! ?Estoy embarazada de ti!

—?No me dejes así! ?Sácame de aquí, por favor, te lo ruego!

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