Le Di Mi Anillo de Propuesta de Navidad a Su Segunda Familia — Que Disfruten de Su Karma En la quinta Navidad juntos, mientras rebuscaba por casa el calcetín navideño desaparecido —donde había escondido el anillo de compromiso que encargué—, recibí una llamada de la policía. Me informaron que mi novio se había peleado con alguien, una pelea muy violenta, y necesitaban que fuera a la comisaría. Conduje bajo la nevada hasta allí. Entre reverencias y disculpas, firmé para llevármelo. Álvaro apestaba a alcohol, su rostro cubierto de moretones. Le pregunté qué había pasado. Él, con el ceño fruncido, guardó silencio absoluto. Mientras Álvaro se duchaba, su móvil vibró con varios mensajes de Isabela Llorente, su compañera del mismo departamento: 【Álvar, gracias por defenderme. Si no fuera por ti, mi ex seguiría acosándome.】 【Me siento tan indefensa... Sin tu compañía estas semanas, Luc y yo no habríamos podido seguir adelante.】 【Luc adora tu calcetín navideño. Cada día espera que "papá Álvaro" venga a verle. Álvar, danos un hogar.】 Las manos me temblaron de rabia. Estrellé el teléfono contra el suelo y estalló la discusión más violenta de nuestra historia. Grité histérica. Él me acusó de carecer de compasión. Entre los escombros de nuestra relación, Álvaro cedió. Prometió pedir el traslado de Isabela a otro equipo y cortar todo contacto. Después de aquello, Álvaro nunca volvió a mencionar a Isabela. En sus conversaciones solo quedaban mensajes de trabajo. Hasta que descubrí que su móvil tenía doble SIM. Nunca cortaron el contacto. Simplemente pasaron de la superficie visible a las sombras donde yo no podía verles. Del perfil principal de Álvaro a una cuenta secundaria llena de familiares y amigos, donde cada foto con ella y su hijo recibía bendiciones sinceras. Encontré el historial de mensajes de Nochebuena: 【Isabela: Encontré el anillo en el calcetín navideño. ¿Va a pedirte matrimonio tu novia? Te lo devuelvo.】 【Álvaro: No hace falta. Finge que no sabes nada. Todavía no quiero casarme.】 Que se cumpla su deseo entonces. Cinco años fuera de casa. Ya es hora de volver. Capítulo 1

Álvaro trajinaba en la cocina.

—Luci, he recalentado la cena varias veces. Seguro que ya no sabe bien.

—Dime qué te apetece y te pido delivery. O mejor, te llevo fuera a cenar. Ese restaurante de la esquina todavía...

Se giró y se encontró con mis ojos enrojecidos.

La expresión de Álvaro se suavizó al instante.

—Venga, no te enfades más.

—Mi niña siempre es tan comprensiva, ¿verdad?

Esquivé su roce y dije fríamente:

—Recupera el calcetín navideño.

La sonrisa se le congeló en los labios.

Se arrancó el delantal, lo estrujó en una bola y lo estrelló junto a mis pies.

Alzó el dedo hacia mi cara, temblándole varios segundos antes de escupir entre dientes:

—Vale.

La llamada conectó.

Isabela explicó que su hijo había deshilachado el calcetín sin querer.

—Lo siento mucho. ¿Cuánto costaba? Te lo reembolso.

El rostro de Álvaro apenas podía mantener la compostura.

Un simple calcetín navideño. Una farsa imparable.

—No pasa nada, Luci está haciendo una rabieta infantil. Le compraré otro...

—Álvaro, no es lo mismo —le corté.

Álvaro estrelló el teléfono contra el suelo.

Los fragmentos se esparcieron como metralla, varios rebotaron en mi brazo dejando cortes sangrantes.

Su voz explotó:

—¿Pero qué coño te pasa hoy?!

—¡Es un puto calcetín, Lucía! No seas tan obvia en tu obsesión con Isabela.

Me quedé petrificada.

Álvaro sacó un fajo de billetes de su cartera y me lo lanzó a la cara.

Los billetes cayeron esparcidos. Entre ellos, tres entradas de parque infantil.

—¿Es suficiente?

Sacó su tarjeta de crédito.

La arrojó con violencia.

—¿¡ES SUFICIENTE!?

—¡Yo pagué por ella!

Los tímpanos me dolían.

Era la primera vez en seis años que Álvaro me gritaba así. Con ferocidad. Como si quisiera devorarme.

Me dio un nudo en el pecho. El dolor no me dejaba hablar.

Solo pude rebuscar torpemente en la galería del móvil, tratando de encontrar la prueba de hace cinco años, cuando dijo que hoy me pediría matrimonio.

Fue él quien lo olvidó.

—Suficiente. Nos calmamos esta noche.

Álvaro apartó mi teléfono de un manotazo.

—Lucía, deberías reflexionar seriamente sobre tus celos enfermizos.

La puerta se cerró de un portazo.

Empecé a tener arcadas incontrolables.

Me agarré el pecho con fuerza.

Como si solo así pudiera aliviar la asfixia.

Lloré hasta agotarme. Jadeé hasta vaciarme. Solo entonces pude levantarme del suelo y empezar a recoger mis pocas pertenencias.

Vine sola con valentía hace seis años.

Me voy sola y vacía seis años después.

Isabela subió una historia:

【La Navidad más feliz de mi vida】

La foto mostraba un restaurante de lujo. Álvaro sostenía al niño en brazos. Isabela se recostaba contra su costado.

Durante mi ausencia, habían ido a cenar.

La mesa rebosaba de platos exquisitos.

Lo que Álvaro había estado recalentando en la cocina eran las sobras de su cena.

Había gambas frescas, el plato favorito de Isabela.

Mi alérgeno mortal.

Ni siquiera había pensado en apartarlas mientras calentaba la comida.

El asistente de Álvaro comentó:

"Vaya, qué rápido. El encanto de Isa no es broma."

"El jefe siempre decía en la oficina que estaba en contra del matrimonio… y al final acabó rendido a los pies de Isabela."

Apagué la pantalla. Mi reflejo fantasmal me devolvió la mirada.

Las manos me temblaban mientras terminaba de hacer la maleta.

En el fondo, aplastado bajo la ropa, estaba mi billete de tren en clase turista de hace seis años de Sevilla → Barcelona.

6 horas.

Pero mis seis años... Álvaro nunca los tomó en serio.

Capítulo 2

Qué irónico.

Después de tantos años en Barcelona, no tenía amigos, no tenía trabajo. Ni siquiera el poco dinero que me quedaba era mío: eran los billetes que Álvaro me había lanzado anoche.

Solo aprendí a girar alrededor de él.

Aprendí a cocinarle, a prepararle café. Aprendí a ponerlo siempre en primer lugar. Aprendí a vaciar mis ahorros solo para comprarle un reloj de 20.000 euros y verlo sonreír.

Fui tan estúpida.

Tan estúpida como para entregar mi corazón sin reservas y dejar que lo destrozara.

—Un billete a Sevilla, por favor.

La taquillera levantó la vista de repente:

—Espera... ¿Tú no eres la chica de hace seis años?

Alcé la cabeza. Mi rostro pálido recuperó algo de color.

—¿Aún me recuerda?

La mujer sonrió.

—¿Quién podría olvidaros?

—Aquel año, tu novio te esperó todo el día fuera de la Estación de Sants. El frío húmedo del invierno se colaba desde el puerto hasta el centro, y la llovizna empapaba sus hombros, empapándole el abrigo. Estaba casi congelado, como una estatua de hielo, pero no se movía, aterrorizado de que salieras por alguna salida que él no pudiera ver.

—Le dijimos que entrara a la cafetería de la estación a tomar algo caliente. Se rio, un poco avergonzado, y dijo que acababa de emprender un negocio, que solo le quedaba dinero para comprarte un regalo, que ni siquiera tenía para un billete de metro. Había caminado cinco horas desde L'Hospitalet hasta la estación.

Escuché aturdida.

El pecho se me cerró, amargo y áspero.

Desde la caseta destartalada, al pisito alquilado, hasta el ático de ahora.

El joven tragó solo toda la amargura.

Con las manos llenas de sabañones y callos, fue colocando ladrillo a ladrillo para construir su felicidad. Para construir su hogar.

Me dijo:

"Ahora ya no tendremos que temer el invierno."

"Luci, tengo miedo de que vengas a buscarme, pero también miedo de que no lo hagas."

"Temo que sufras conmigo."

"Pero más temo que no me ames."

Aquel día él lloró.

Me abrazó tan fuerte que parecía querer fundirme con su cuerpo.

Mis lágrimas también cayeron.

¿Cómo algo tan feliz se volvió tan dolorosamente insoportable?

—Aquí tienes tu billete, niña.

Mis dedos temblaron ligeramente.

Como si no estuviera recibiendo un billete, sino el cuchillo que cortaría mi pasado.

—No llores más.

La taquillera miró mi muñeca, donde llevaba una pulsera carísima, y suspiró aliviada:

—Acompañar a un hombre desde la nada hasta el éxito... no hables de sentimientos. Habla de dinero. Habla de si está dispuesto a tratarte bien o no.

Asentí.

El billete quedó arrugado en mi puño.

Justo antes de pasar el control, Álvaro llegó corriendo.

Corrió hacia mí como hace seis años, envolviéndome en un abrazo desesperado.

Podía escuchar claramente su respiración caótica, los latidos frenéticos de su corazón, y su voz rota por el temblor:

—No te vayas...

—Luci, solo estaba enfadado. No quería echarte...

Álvaro rompió mi billete en pedazos, me alzó en brazos y me metió en el asiento del copiloto de su coche.

—¿No te molesta que trate con Isabela?

—La he transferido a otro departamento. Mantendré distancia de ahora en adelante.

No dije nada.

Miré fijamente el colgante que se balanceaba con el movimiento del coche.

Un regalo de Isabela.

El interior olía a mandarina.

El perfume de Isabela.

En la guantera, donde debían estar mis cosas, ahora había snacks infantiles y varios lápices labiales que no eran míos.

Parpadeé. Los ojos me ardían de sequedad.

Álvaro no notó mi estado. Seguía hablando sobre llevarnos de vacaciones a Suiza durante las fiestas.

Suspiré suavemente.

Ni siquiera tenía fuerzas para asentir.

Capítulo 3

Álvaro nunca volvió a mencionar a Isabela.

En sus conversaciones solo quedaban asuntos laborales.

Todo se había cortado de raíz.

—Luci, voy a competir por la vicepresidencia. Estaré muy ocupado últimamente.

Su voz llegaba a través del auricular.

Distante. Irreal.

—Te he transferido dinero. Sal a pasear, cómprate algo que te guste. No pongas toda tu energía en mí.

Cada día, cuando él volvía a casa, yo ya estaba dormida.

Cuando salía por la mañana, yo aún estaba soñando.

En el microondas quedaba el desayuno que había calentado. La ropa sucia que había lavado y tendido en el balcón.

Cada rincón de la casa llevaba las huellas de Álvaro.

Podía verlas.

Pero ya no podía alcanzarlas.

Sentía que nos alejábamos cada vez más. Nuestra relación se había oxidado.

Después de pulir con fuerza esa capa de herrumbre, parecía que nada había cambiado.

Pero había perdido mucho peso.

Flotaba en el aire, tambaleándose sin control con cada ráfaga de viento.

Había planeado tomar el dinero e irme.

Pero la mayor variable imprevista fue que estaba embarazada.

Al principio solo tenía sueño, falta de apetito, náuseas constantes.

Se lo mencioné a Álvaro. Al día siguiente trajo una bolsa llena de medicamentos, me los dejó sin una sola palabra de advertencia y se marchó de nuevo.

Los tomé hasta sentirme terriblemente mal. Solo al ir al hospital descubrí que estaba embarazada.

—No sabemos si podemos mantener el bebé. Necesitamos más pruebas —la doctora frunció el ceño—. Con tantos antibióticos en el organismo, me temo que incluso si nace podría tener malformaciones.

Dos enfermeras tuvieron que sacarme en camilla.

Fuera de la sala de exámenes, pasé las seis horas más tortuosas de mi vida.

El dorso de mis manos estaba cubierto de moretones que me había hecho yo misma.

Los ojos abiertos de par en par, derramando humedad y culpa.

Me odiaba por no haberme dado cuenta antes del embarazo.

Por no haber prestado atención cuando tomaba los medicamentos.

Por haber tragado sin cuestionar todo lo que Álvaro me ponía en la mano.

—Por ahora no hay problemas. Vuelva el mes que viene para control.

El alivio me inundó. Mi ánimo mejoró tanto que aquella noche comí un bol extra de arroz.

Álvaro llegó a casa pasada la medianoche.

Apestaba a alcohol. Tenía un corte sangrante en la mejilla. Un ojo completamente amoratado.

—¿Te has peleado?

Murmuró algo ininteligible y entró directo al baño.

Su teléfono de trabajo quedó tirado en la cama. Vibró con una notificación.

【Isabela: Álvar, muchísimas gracias por defenderme hoy. Si no hubiera sido por ti, mi ex seguiría acosándome.】

【Isabela: Me siento tan indefensa... Sin tu compañía estas semanas, Luc y yo no habríamos podido aguantar. A Luc le encanta estar contigo, cada día solo espera que "papá Álvaro" venga a verle. Álvar, danos un hogar.】

Las palabras golpeaban mis nervios sin piedad.

Dolía. Cada órgano dentro de mí parecía a punto de explotar.

Papá Álvaro...

¿Y mi hijo? ¿A quién llamará papá?

Dale un hogar a ellos.

¿Y mi hogar?

El hogar que anhelé desde niña. Un refugio contra el viento y la lluvia. Ya no existía.

Destrozado por las propias manos de Álvaro.

Me mordí la lengua, usando el dolor para obligarme a mantener la lucidez mientras revisaba todo el historial de mensajes.

Nunca cortaron el contacto.

Simplemente pasaron de la superficie visible a las sombras donde yo no podía verles.

Del perfil principal de Álvaro a una cuenta secundaria llena de familiares y amigos, donde cada foto con ella y su hijo recibía bendiciones sinceras.

Me había dejado atrás otra vez.

【Isabela: Encontré el anillo en el calcetín navideño. ¿Va a pedirte matrimonio tu novia? Te lo devuelvo.】

【Álvaro: No hace falta. Finge que no sabes nada. Todavía no quiero casarme.】

Ya no pude mantener la compostura.

Con las manos temblando, le escribí:

【¿Te encanta hacer de amante, verdad? Quédate con la basura, yo ya no la quiero.】

—¡Lucía, ¿qué coño haces con mi teléfono?!

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