Adíos Para Siempre, Mi Tío, Tu Amor Llegó Tres Años Tarde
Después de que su padre muriera en un accidente de coche, Ana Belén quedó huérfana.
El mejor amigo de su padre, un hombre influyente del círculo social madrileño, la adoptó. Él le dijo que le sacaba diez años y le pidió que lo llamara tío Octavio.
Desde entonces, si ella pedía las estrellas, él se las bajaba; si pedía la luna, también. La mimó hasta convertirla en la princesa más caprichosa de Madrid.
El día que cumplió 18 años, le robó el rosario. Se tumbó en la cama, abrió las piernas y empezó a meterse las cuentas una por una en el coño. El tacto gélido la hacía temblar, como si fuera él penetrándola con los dedos.
Al instante siguiente, la puerta se abrió. Él lo descubrió todo.
...
Capítulo 1
Después de que su padre muriera en un accidente de coche, Ana Belén quedó huérfana.
El mejor amigo de su padre, un hombre influyente del círculo social madrileño, la adoptó. Él le dijo que le sacaba diez años y le pidió que lo llamara tío Octavio.
Desde entonces, si ella pedía las estrellas, él se las bajaba; si pedía la luna, también. La mimó hasta convertirla en la princesa más caprichosa de Madrid.
El día que cumplió 18 años, le robó el rosario. Se tumbó en la cama, abrió las piernas y empezó a meterse las cuentas una por una en el coño. El tacto gélido la hacía temblar, como si fuera él penetrándola con los dedos.
Al instante siguiente, la puerta se abrió. Él lo descubrió todo.
Con incredulidad y furia, la acusó de mancillar la reputación de la familia, de atreverse incluso a fantasear con su propio tío.
Al día siguiente, canceló su plaza en la Universidad Autónoma de Madrid y la internó en Academia de Formación Integral Valmora, un internado cerrado de reeducación. Era el lugar más famoso de Madrid para enseñar modales y disciplina.La envió a aprender de los profesores las reglas de etiqueta y la manera adecuada de comportarse según su estatus, y le dejó claro que solo podría regresar cuando esos pensamientos inapropiados hubieran sido completamente olvidados.
Pero el primer día allí, le rociaron gas pimienta en los ojos.
El segundo día, la sometieron a un constante acoso durante dos horas.
El tercer día, diez hombres entraron en su habitación a violarla.
...
Tres años después, Octavio vino a buscarla.
Ana Belén estaba frente a la puerta de la Academia Valmora, viendo cómo aquel familiar Maybach negro se detenía lentamente.
La puerta del coche se abrió y Octavio Larrain bajó del asiento del conductor, con ese porte frío y distinguido de siempre.
A diferencia de hace tres años, ahora había una mujer en el asiento del copiloto.
La mujer llevaba un elegante vestido blanco, melena suelta y una sonrisa dulce en el rostro.
—Tú debes ser Ani, ¿verdad? Hola, soy Elena Rojas, la prometida de Octavio. Puedes llamarme Eli.
Ana asintió con indiferencia, con una voz apenas audible:
—Hola, Eli.
Tras decirlo, se dio la vuelta y subió al asiento trasero del coche.
Octavio, desde el volante, arrancó con gesto serio.
—¿Qué tal estos años? ¿Sigues teniendo... esos pensamientos?
Los dedos de Ana temblaron ligeramente. Sentía como si algo le apretara el corazón con fuerza.
Recordó aquellos años de descargas eléctricasacosos y violaciones. Tenía un nudo en la garganta que apenas le dejaba hablar.
Con los ojos cerrados y temblando, susurró apenas:
—No. Nunca más.
Octavio frunció el ceño. Una extraña sensación lo invadió.
Era justo la respuesta que quería oír, pero... ¿por qué se sentía tan incómodo?
—Más te vale.
Ana sonrió con amargura, bajó la cabeza y no dijo nada más.
El coche atravesó Madrid a toda velocidad y se detuvo frente a la villa de la familia Larrain.
Ana bajó del coche y caminó instintivamente hacia su habitación.
Pero cuando abrió la puerta, descubrió que ahora era una habitación para gatos.
Elena apareció detrás de ella con gesto de disculpa:
—Lo siento, Ani. Como Octavio y yo nos vamos a casar pronto, me mudé hace unas semanas. Suelo rescatar gatos callejeros, y tu habitación tiene la mejor luz, así que instalé ahí a los gatos. Puedo pedir los sirvientes que lo cambien ahora mismo.
Ana negó con la cabeza.
—No hace falta, Eli. Tú eres la dueña de esta casa. A mí me da igual dónde dormir.
Dicho esto, se dirigió a una habitación de invitados, dócil como nunca.
Durante la cena, Octavio atendía a Elena con ternura.
Le servía comida, le hablaba en voz baja, y sus ojos estaban llenos de afecto.
Ana, de principio a fin, mantuvo la vista baja, comiendo en silencio, como si nada de aquello tuviera que ver con ella.
Elena la miró de reojo y dijo amablemente:
—Ani, no comas solo pan. Come también caldo.
Ana obedeció de forma automática, como un robot. Empezó a meterse caldo en la boca sin parar, aunque estuviera tan caliente que le quemaba la garganta llena de llagas. Seguía masticando y tragando, mecánicamente.
Elena sonrió y miró a Octavio:
—Decías que Ani era difícil de tratar, pero yo la veo muy dócil. Qué obediente es.
Octavio levantó la vista hacia Ana.
No esperaba que hubiera cambiado tanto. Desde su regreso, no había mostrado el menor arranque de rebeldía. Asintió satisfecho:
—Parece que la academia te sentó bien. A partir de ahora, compórtate así y llévate bien con Elena.
Ana terminó de vaciar su plato, se levantó y dijo:
—Ya he terminado. Me voy a mi cuarto.
Cerró la puerta tras de sí y, finalmente, pudo respirar.
Ana sacó un móvil viejo del bolsillo y abrió una aplicación bancaria. Ahí estaba: todo el dinero que había conseguido ahorrar durante sus años en Valmora.
Recordó las palabras de Octavio hacía un momento. "Llévate bien con Elena."
Pero ella ya lo había decidido hacía tiempo. Compraría un billete de avión. Se iría de aquí. Lejos de Octavio.
Miró la cantidad que aparecía en la pantalla. Solo le alcanzaba para un vuelo low-cost... dentro de nueve días.
Sacó el móvil. Con los dedos temblorosos pulsó "Comprar".
En el momento en que se confirmó el billete, cerró los ojos. Las lágrimas empezaron a resbalar lentamente por sus mejillas.
Como si fuera liberación y también si fuera desesperación.
Pero quizá por haber vuelto a ese lugar familiar, en cuanto los cerraba, la imagen de Octavio invadía su mente.
Aquel día. Su mirada gélida. Su voz grave, como venida de muy lejos:
"Ana Belén, has violado la moral familiar. Eres una desvergonzada. ¿Cómo te atreves a desear a tu propio tío?"
Los recuerdos se entrelazaban en su cabeza. Estaba a punto de dormirse cuando, de repente, la puerta se abrió.
Alguien entró, frunciendo el ceño.
—¿Por qué te has acostado tan pronto? Has olvidado tomarte la leche.
Al oír la voz masculina, Ana abrió los ojos de golpe y se incorporó bruscamente.
Olvidó que ya estaba en casa. Creyó que seguía en Valmora.
Allí, cuando un hombre entraba en su habitación, ella debía ponerse de rodillas de inmediato y sacarle la polla. Sin importar si estaba con la regla o enferma. Tenía que chuparla hasta que él se corriera en su garganta, y después tragar todo mientras decía: "Gracias por la merced".
Si se demoraba un segundo, sufría un castigo insoportable.
Así que se lanzó de rodillas al suelo, desabrochando el cinturón del hombre mientras lloraba:
—¡No me pegues, no me pegues! Voy a servirte ya, te lo juro...
Justo cuando estaba a punto de abrirle el cinturón, todas las luces se encendieron.
Con los ojos llenos de lágrimas, vio a Octavio Larrain de pie frente a ella, sosteniendo un vaso de leche, con una expresión de incredulidad absoluta.
—Ana... ¿qué demonios estás haciendo?
Capítulo 2
Los labios de Ana temblaban ligeramente. No le dio tiempo a abrir la boca antes de que Octavio estallara en furia.
Estrelló el vaso de leche contra el suelo con violencia. Los cristales saltaron por todas partes y el líquido blanco salpicó sus pies descalzos, helado como el hielo.
—Pensé que habías aprendido la lección, pero veo que los problemas vuelven a aparecer aquí.
Su voz era gélida, y en sus ojos brillaba el desprecio y la rabia.
—Te lo digo claro: no me gustan las niñas. Y menos aún una cría a la que he criado yo mismo. No soy un depravado. Aunque te desnudaras delante de mí ahora mismo, ni siquiera te miraría.
Dicho esto, dio media vuelta y se marchó, su espalda rígida como un bloque de hielo.
Ana se quedó donde estaba, aferrándose al bajo de su camiseta con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Sentía la garganta bloqueada. Incapaz de emitir sonido alguno.
Poco después, desde la habitación de al lado, empezaron a oírse gemidos.
—Octavio... despacio... Ani está al lado...
Él no respondió. Solo el sonido húmedo y pegajoso de sus besos, cada vez más fuerte.
Luego llegaron los gemidos de Elena. Cada vez más agudos.
Y el chirrido de la cama. Cada vez más violento.
Ana lo sabía: él lo estaba haciendo a propósito. Para advertirle. Para recordarle su lugar.
Sí, le dolía. Pero no por amor.
Hacía mucho que ese amor había muerto. Durante aquellos tres años en el infierno.
Cuando la envió a Valmora, Octavio le dijo: "Ana, recuerda: nunca te voy a querer."
Tres años después, ella había aprendido las normas. Y ya no se atrevía a quererlo.
Su sufrimiento no venía de él.
Venía de haber escuchado esos mismos sonidos cada noche durante tres años.
Los de otros. Y los suyos propios.
Esas voces la perseguían como una pesadilla de la que no podía escapar.
Entonces se arrodilló en el suelo de su habitación, mirando hacia donde estaba Valmora, y empezó a golpearse la frente contra el suelo una y otra vez.
Bang. Bang. Bang.
El ruido sordo de su cabeza contra la madera resonaba en el silencio.
—Ana ya no quiere a Octavio. Ana ya no quiere a Octavio. Ana ya no quiere a Octavio...
Lo repetía como un mantra, con voz ronca y vacía, como si solo así pudiera librarse de aquellos recuerdos.
A la mañana siguiente, Ana estaba sentada a la mesa del desayuno, comiendo en silencio, con la cabeza gacha.
Octavio y Elena bajaron de la planta de arriba. El cuello de Elena estaba lleno de moretones de beso. Sonreía radiante.
Ana no levantó la vista. Como si nada de aquello le importara.
Terminó de comer y se levantó para irse.
—Espera. ¿Qué te ha pasado en la frente?
Ana se detuvo. Su voz sonó apagada.
—Me golpeé sin querer.
Se dio la vuelta para marcharse.
Ya lo tenía decidido: pasaría los próximos ocho días encerrada en su cuarto y luego desaparecería para siempre.
La voz de Octavio se elevó bruscamente:
—¿Qué clase de golpe te deja la frente así? ¡¿Qué estás conspirando ahora?!
Elena lo interrumpió con suavidad:
—Octavio, no seas tan duro con la niña.
Luego sonrió hacia Ana.
—Ani, hoy Octavio y yo vamos a elegir el lugar de la boda. Ven con nosotros.
Ana iba a negarse, pero Octavio la cortó con dureza:
—Ayer mismo te dije que te llevaras bien con Elena. ¿Ya lo has olvidado?
Ana bajó la cabeza.
—Vale.
Después de visitar varios lugares, Elena decidió que la boda sería en un crucero.
Octavio recibió una llamada de trabajo y entró en el camarote.
Elena y Ana se quedaron en cubierta. La brisa marina les revolvía el pelo.
No habían hablado en todo el rato. Ana, incómoda con la situación, estaba a punto de alejarse cuando Elena la detuvo.
—Ani, siempre he sentido curiosidad... ¿Qué clase de persona sin vergüenza se enamora de su propio tío?
El cuerpo de Ana se tensó de golpe. Agarró la barandilla con fuerza.
Elena sonrió al ver su reacción.
—¿Te sorprende que lo sepa? Hace tiempo que oí que Octavio tenía a una niña malcriada a su lado, pero que de repente la envió a un internado de reeducación. Me dio curiosidad, así que investigué. Y descubrí lo retorcida que eres: enamorarte del hombre que te crió desde cría.
Ana palideció. Los labios le temblaban.
—Yo...
Elena se giró hacia ella con los ojos fríos como cuchillas.
—Ana, yo llevo años enamorada de Octavio. Por fin ha aceptado casarse conmigo. No voy a permitir que nada arruine esto. Y mucho menos que haya una "tercera en discordia" metida en nuestras vidas después de la boda. ¿Me entiendes?
Ana cerró los ojos. Su voz apenas era un susurro:
—Te entiendo, Eli. No te preocupes. Me voy a ir.
Capítulo 3
—¿Preocupada? —Elena soltó una risa fría—. No estoy nada preocupada. Así que voy a obligarte a irte antes de la boda.
Dicho esto, antes de que Ana pudiera reaccionar, Elena se giró de repente y se lanzó al mar.
El chapuzón resonó en el aire, atrayendo todas las miradas.
—¡Elena!
La voz de Octavio llegó desde el interior del barco. Al instante salió corriendo y se tiró al agua sin pensarlo.
Ana se quedó paralizada en cubierta, con las manos y los pies helados, como clavada al suelo.
Octavio logró sacar a Elena del agua tras mucho esfuerzo y le hizo la respiración boca a boca.
Elena tosió varias veces y abrió los ojos débilmente. Sus ojos estaban empañados de lágrimas, con una expresión lastimera.
—Octavio... pensé que Ani me había aceptado estos días, pero me ha empujado al mar cuando no estaba mirando... No la culpes, ella también...
Antes de terminar la frase, se desmayó por completo.
Octavio levantó la cabeza bruscamente, con la rabia contenida brillando en sus ojos.
—¡Eres incorregible! Ana, ¿qué tengo que hacer para que abandones de una vez esos pensamientos enfermos?
Ana negó con la cabeza frenéticamente.
—No fue así, tío Octavio. Te juro que ya no te quiero. Y no fui yo quien la empujó.
—¿Acaso hay una sola palabra de verdad en tu boca? ¡Ya verás!
Octavio no quiso escuchar más. Cogió a Elena en brazos y salió corriendo de cubierta hacia el hospital.
Ana se quedó de pie, inmóvil. Sentía como si le hubieran arrancado el corazón.
Mirando su espalda alejarse, murmuró entre dientes las palabras que ya había repetido diez mil veces.
—Octavio... es verdad. Ya no te quiero.
A medianoche, Ana estaba sentada sola en el sofá, esperando en silencio.
Sabía que aquel "¡Ya verás!" significaba que vendría a castigarla.
Durante aquellos años en Valmora había aprendido que huir o suplicar solo multiplicaba el dolor.
Así que esperó obediente. Esperando su castigo.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando la puerta se abrió de golpe.
Octavio entró como una tormenta.
—¡De rodillas!
Ana obedeció al instante, arrodillándose en el suelo con la cabeza gacha, en silencio.
Octavio se quedó parado un momento, sorprendido por su docilidad.
Descolgó un látigo de la pared y avanzó hacia ella paso a paso.
—¿Ahora sí sabes obedecer? ¡Demasiado tarde! Ana, te he malcriado demasiado. Te he consentido hasta tal punto que te has vuelto incontrolable. ¿Creías que este látigo era decorativo?
Dicho esto, ¡CRAC!, el primer latigazo cayó sobre su espalda.
El cuerpo de Ana se estremeció violentamente, como si la hubieran electrocutado, pero no emitió sonido alguno. Como si el látigo hubiera golpeado a otra persona.
—¡Habla! —La voz de Octavio se elevó, cargada de furia contenida—. ¿Reconoces tu error o no?
—Sí. Lo reconozco.
—¿Lo reconoces? —Octavio soltó una risa amarga y levantó el látigo de nuevo—. Si lo reconoces, ¿por qué sigues haciendo esas cosas?
¡CRAC! ¡CRAC! ¡CRAC!
Cada latigazo caía sobre la espalda de Ana con rabia contenida.
El primer latigazo.
—¿Por qué empujaste a Elena al mar? ¿Sabes que casi muere?
El segundo latigazo.
—¿Por qué te enamoraste de mí? ¿Sabes que te saco diez años?
El tercer latigazo.
—¿Por qué eres tan desvergonzada? ¿Sabes que te he criado desde niña?
...
El quincuagésimo segundo latigazo.
—Ana, ¿por qué eres tan depravada? Tan depravada que me haces...
El cerebro de Octavio ardía de rabia. Había perdido la cuenta de cuántos latigazos había dado. Estuvo a punto de decir algo más cuando, justo al detenerse, una de las empleadas se lanzó hacia él llorando.
—¡Señor, por favor, pare! ¡Pare ya! ¡La señorita se ha criado entre algodones, no aguantará más!
—¡Por favor, mire! ¡Está sangrando por todas partes!
Solo entonces Octavio bajó el látigo y miró hacia Ana.
Su espalda estaba cubierta de sangre. Había un charco en el suelo. Incluso le manchaba los zapatos.
Pero lo que más lo impactó fue que Ana, desde el principio hasta el final, no había levantado la cabeza. No había derramado una sola lágrima. Ni siquiera había suplicado.
La levantó bruscamente y vio sus ojos vacíos, completamente apagados.
—Ana, ¿no sabes gritar de dolor? Antes eras la que más lloraba y se quejaba...
Ana levantó la cabeza. Su voz era plana.
—Porque no duele.
En Valmora había sufrido cosas mucho peores. Golpes mucho más dolorosos.
Con voz ronca y el rostro pálido, preguntó:
—¿Ya has terminado? Si has terminado, ¿puedo irme, tío Octavio?
Por fin Octavio notó que algo no estaba bien.
—¿Cómo puede ser que no te duela? Te he dado tantos latigazos... ¿Cómo no va a doler?
Le levantó la ropa. La empleada que estaba detrás dejó escapar un grito ahogado.
Y él... se quedó sin aliento. Sus pupilas se contrajeron de golpe.