Dejada Hoy, Casada Mañana:Mi Boda Express con un Magnate Estuvimos juntos tres años. Sin anillo, sin promesas—solo mañanas vacías. El día que me dejó, salí de allí sin nada más que el corazón roto... y acabé en los brazos de un desconocido. A la mañana siguiente, ese desconocido era mi marido. Y no un hombre cualquiera: es un magnate multimillonario con poder, secretos... y una obsesión de cinco años conmigo. ¿Qué no sabía mi ex? Que no soy solo la chica que dejó ir. Soy la heredera oculta de un imperio de joyería. Una diseñadora de diamantes. Y ahora pertenezco a un hombre que ha esperado media década para hacerme suya. Él no me dio nada. Mi marido me dio el mundo entero. Y ahora... soy la única que jamás podrá permitirse perder. Capítulo 1

En uno de los exclusivos clubs privados de Madrid, el aire estaba impregnado del olor del dinero.Todo el lugar desprendía un aire de riqueza desmedida; este era un famoso refugio de derroche.

En ese momento, una mano delicada y esbelta se posó en el picaporte de la puerta, a punto de abrirla, cuando de repente, una voz familiar resonó desde el interior.

—¿Catalina? Ya estoy harto de ella. —Julián Romero encendió un cigarrillo y exhaló el humo con una despreocupación casi insolente.

Los demás en el reservado comenzaron a reírse y a seguirle el juego.

—Normal, tío. Hasta de una diosa te cansas si la ves todos los días.

—Pero, Juli, ¿de verdad puedes dejarla así? Tres años juntos... Al principio la perseguiste como loco.

—Exacto. Además, Catalina es una tía buenísima, tiene mejor cuerpo que muchas actrices famosas.

—¿Cómo no voy a poder? —respondió Julián con un tono burlón—. Las mujeres tienen que ser más delicadas, más sumisas. Como Natalia, por ejemplo. Es tan dulce, tan tierna... Ya me tiene completamente enganchado. Estos años con Catalina han sido un rollo, entre idas y venidas, ya no me interesa. —Sus ojos de seductor brillaban con un toque de cinismo, ligeramente enrojecidos por el alcohol, como si todo le diera igual.

—Joder, tío, ¿así que ya estás con Natalia? Pero si es la hermanastra de Catalina, ¿no? ¿En serio? ¿La mayor y ahora la hermanastra? Joder…no perdonas nada.

—Ja, ja, ja. Natalia es tan dulce, tan inocente... Me llama "papá" y me pongo duro. —Julián se relamió los labios, disfrutando del momento.

—Eres un crack, Juli. Un ejemplo para todos nosotros. Al fin y al cabo, las mujeres son eso... un juguete más, ¿no?

—Sí, pero ella al fin y al cabo es...

El ambiente en el reservado era de risas y bromas, pero Catalina estaba fuera, con la mano apretando con fuerza el picaporte. Cada palabra que salía de aquella habitación le llegaba clara como el cristal.

Las palabras de Julián eran como dagas de hielo clavándose directamente en su corazón.

"No se caga donde se come....." pensó amargamente.

Y míralo:, Juliánya se lió con su propia hermanastra.

Respiró hondo y empujó la puerta con determinación.

El bullicio del reservado se detuvo en seco. Todos se miraron entre sí, incómodos, preguntándose si Catalina había oído algo.

Santiago Molina, siempre el más listo del grupo y mejor amigo de Julián, fue el primero en romper el silencio, intentando salvar la situación.

—¡Cata! ¡Has venido! Venga, siéntate, tómate algo con nosotros.

Pero Catalina no le hizo caso. Caminó directamente hacia Julián y, con una frialdad cortante, le dijo:

—Julián, esto se acabó. Hemos terminado.

Acto seguido, agarró la copa de vino tinto que había en la mesa y se la tiró a la cara. Sin esperar respuesta, dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta.

Julián, empapado de vino, se quedó paralizado un instante antes de estallar en furia.

—¡Catalina! Si sales por esa puerta ahora mismo, se acabó para siempre. ¿Me oyes? Nunca más tendremos nada que ver.

Su tono era seguro, arrogante. Y tenía motivos para estarlo. Durante esos tres años, él siempre había llevado las riendas de la relación.

Había salido con actrices, con estudiantes universitarias, incluso con empleadas de su propia empresa... Y Catalina siempre hacía la vista gorda. Se habían separado y reconciliado varias veces, pero siempre era ella la que volvía, la que cedía primero.

Así que ahora, Julián estaba convencido de que esto no era más que otro de sus berrinches pasajeros.

Catalina se detuvo un segundo. Julián sonrió con suficiencia, creyendo que ya se arrepentía.

Pero ella, sin dudarlo un instante, cruzó el umbral y salió del reservado.

La expresión de Julián se congeló.

Uno de sus amigos intentó razonar con él:

—Tío, parece que esta vez Catalina va en serio. Deberías ir tras ella.

—¿Ir tras ella? —soltó Julián con desdén—. Tranquilos. En un par de horas estará de vuelta, arrastrándose. ¿Para qué voy a molestarme?

Lo dijo como si Catalina fuera un perro amaestrado que siempre regresaba con el rabo entre las piernas.

Sus amigos asintieron. Después de todo, así había sido siempre. No pasaba ni una hora y Catalina volvía.

Seguro que esta vez no sería diferente.

Capítulo 2

Catalina salió del reservado del club y, de repente, chocó de frente con alguien.

Un aroma masculino y embriagador la envolvió, haciendo que sintiera un calor repentino recorrerle el cuerpo.

El hombre vestía una camisa negra con el primer botón desabrochado, dejando al descubierto una clavícula elegante y sensual. Los pantalones de traje, también negros e impecables, completaban su atuendo. Todo en él emanaba la distinción y la elegancia propias de un hombre maduro y poderoso.

La tenue iluminación del pasillo esculpía sus rasgos profundos y marcados. Su expresión era fría, distante, casi inaccesible. Había algo en él... algo prohibido, pero irresistiblemente atractivo.

El hombre frunció ligeramente el ceño y se dispuso a marcharse.

Pero entonces, los dedos delicados de Catalina agarraron con firmeza la manga de su camisa, como si se aferrara a un salvavidas en medio de una tormenta.

El corazón de Catalina latía con fuerza. El aroma único de aquel hombre nublaba su consciencia.

Recordando lo que acababa de escuchar en el reservado, un pensamiento oscuro cruzó su mente: "Si Julián puede hacerlo... ¿por qué yo no?"

—Suéltame. —La voz del hombre era gélida, como si emanara un frío.

—No. —La voz de Catalina era suave y dulce, como el ronroneo de un gatito, capaz de hacer cosquillas en el corazón de cualquiera.

El hombre bajó la mirada hacia ella. Sus labios se curvaron en una sonrisa casi imperceptible.

Murmuró con voz grave y peligrosamente seductora—. No puedo prometer lo que ocurrirá a continuación…

—¿Te interesa... casarte conmigo? —Catalina tenía los ojos ligeramente enrojecidos. Reunió todo su valor para pronunciar esas palabras.

En realidad, ella misma pensaba que se había vuelto loca.

Pero lo que quería era casarse con alguien.

No era un impulso irracional. Lo decía completamente en serio.

Su abuela ya era mayor y llevaba años esperando verla casada. Catalina había estado a punto de casarse con Julián, pero ahora... eso era imposible.

No quería preocupar a Doña María Cruz. Y, sobre todo, no quería dejarse ninguna puerta abierta para volver atrás.

Cualquier hombre sería mejor que ese bastardo de Julián.

El hombre frente a ella no llevaba anillo. Debía estar soltero.

"Al menos tengo que intentarlo, ¿no?" pensó.

Además, emanaba un aroma limpio y agradable. No le desagradaba en absoluto.

En ese momento, Catalina estaba más lúcida que nunca.

La voz del hombre sonó fría. Al instante siguiente, sus dedos atraparon suavemente el mentón de Catalina y lo levantaron con delicadeza.

Lo que vio fue un rostro delicado y hermoso. Unos ojos cristalinos y brillantes, una mezcla perfecta de inocencia y sensualidad... Peligrosamente tentadora.

"Es ella..."

—¿Estás segura? —preguntó él con voz profunda y magnética, como si tuviera un poder hipnótico—. ¿Sabes quién soy?

Catalina levantó la cabeza bruscamente.

¡Matías!

¿Cómo podía ser Matías Castillo?

¿Quién era Matías Castillo?

El heredero más influyente de Madrid. Misterioso, reservado, inalcanzable. A los quince años ya había causado sensación en Wall Street. Cuando él daba un paso, toda la ciudad temblaba.

Era increíblemente atractivo. Las señoritas de las familias de la alta sociedad de Madrid hacían cola por casarse con él. Su capacidad era excepcional, pero sus métodos... despiadados. Quien se cruzaba en su camino rara vez salía ileso.

En resumen, era alguien a quien no se podía enfrentar.

Catalina miró su rostro impasible. Sus largas pestañas temblaron ligeramente. Por un momento, sintió el impulso de salir corriendo.

En realidad, ya lo había visto antes en dos ocasiones.

Una vez, durante una negociación difícil, Matías la había ayudado a salir de un apuro.

Más tarde, cuando Julián la llevó a una gala, Catalina descubrió que ese hombre que la había ayudado era Matías Castillo. Este hombre desprendía un aura siniestra y un frío implacable.

Cualquier persona inteligente sabía que no debía meterse con él.

Catalina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Casi se arrepintió.

"¿Me habrá reconocido?"

Pero entonces recordó todo lo que Julián le había hecho. Irguió la espalda y, con determinación, respondió:

—Estoy segura.

Aunque fuera la boca del lobo, ya no le daba miedo.

Catalina solo quería demostrarle a Julián que él no era indispensable para ella.

Como si temiera que el hombre no la creyera, lo miró de reojo y, reuniendo todo su valor, añadió:

—Hablo en serio. No es una broma.

—¿Por qué? —preguntó él con calma—. Por lo que sé, tienes novio, ¿no? ¿O es que solo me tienes de repuesto?

En la gala anterior, la había visto aparecer con otro hombre.

Capítulo 3

Al escuchar eso, Catalina se quedó paralizada, con los ojos abiertos de par en par, y se apresuró a explicarse, nerviosa:

—¡No, no! Nunca he pensado eso. Es que Julián y yo... nuestra relación ya no funciona. Mi abuela es mayor y siempre ha querido verme casada cuanto antes. Por eso busco a alguien con quien casarme.

¿Matías como repuesto?

Ella no está loca.

La expresión de Matías era indescifrable, imposible de leer.

—¿De verdad puedes dejarlo? —preguntó con frialdad.

—¿Un hombre adicto a engañar? ¿Qué hay que merezca la pena quedarse? —En los ojos de Catalina apareció un destello de desprecio.

Lo que acababa de escuchar en el reservado había sido como un jarro de agua fría. Ahora estaba completamente sobria.

Después de oír las palabras de Julián, su corazón se había cerrado para siempre.

Matías enarcó ligeramente una ceja. En el fondo de sus ojos brilló un destello casi imperceptible.

Entrecerró los ojos y levantó ligeramente la barbilla. Su voz, ronca y contenida, sonó peligrosamente seductora:

—¿Lo has pensado bien?

Los ojos de Catalina estaban húmedos y vidriosos, pero su voz sonó firme:

—Completamente segura. Quiero librarme de esa basura.

De repente, Matías la atrajo hacia él, rodeándola con sus brazos. Se inclinó hacia su oído y su aliento cálido rozó la delicada y sensible piel de su cuello.

—Fuiste tú quien empezó a meterse conmigo—murmuró—. Así que no te arrepientas.

Las mejillas de Catalina ardieron. Su corazón latía desbocado. Tras un largo instante, levantó la mirada hacia él, con las pestañas temblando, y susurró:

—No me arrepentiré.

Ya había dejado atrás toda la razón.

—Bien. Mañana iremos a registrarnos. —Matías no le dio tiempo a cambiar de opinión.

Catalina parpadeó, sorprendida.

—¿Tan pronto?

—¿Qué pasa? ¿Ya te arrepientes tan rápido?

—No, ninguno. ¿Podrías llevarme a casa, por favor? —Necesitaba recoger su certificado de nacimiento.

Poco después, Matías la dejó en su casa.

Catalina vivía con su abuela.

Después de que su padre, Tomás Herrera, las abandonara a ella y a su madre, se quedaba con su amante, Elena Morales.

La hija de Elena también había adoptado el apellido Herrera: Natalia Herrera.

La madre de Catalina, Isabel Cruz, sufrió un shock emocional tan fuerte que perdió la cordura. Más tarde, murió en un accidente de tráfico.

Ese era el dolor más profundo de Catalina. Cada vez que lo recordaba, sentía como si mil cuchillos le atravesaran el pecho.

Por eso odiaba a Tomás. Por su culpa, su madre había muerto.

Jamás lo perdonaría.

Natalia era tres años menor que Catalina. Se había graduado hacía poco de la universidad y, casualmente, también trabajaba en la empresa de Julián: Estudio J&C.

Hace unas semanas, en la fiesta de fin de año de la empresa, Natalia había cautivado a todos con un baile en solitario. Seguramente fue entonces cuando Julián empezó a liarse con ella.

Estudio J&C era una empresa de joyería que en los últimos dos años había ganado muchísima fama, convirtiéndose en una estrella emergente del sector.

Probablemente por eso Natalia había decidido trabajar allí.

Aunque Catalina también trabajaba en Estudio J&C, ella se dedicaba exclusivamente al diseño.

Normalmente, apenas coincidía con Julián. Y en cuanto a contrataciones, ella jamás intervenía.

Por eso no se enteró de que Natalia había entrado en la empresa hasta la fiesta de fin de año.

Aun así, Catalina no dijo nada. Después de todo, ya había cortado toda relación con la familia Herrera.

Simplemente nunca imaginó que Julián se acostaría con su propia hermanastra.

Para conseguir la aprobación de la familia Romero, Catalina había hecho el triple de esfuerzos que cualquiera. Y al final, todo había sido en vano.

Siempre había tenido un talento natural para el diseño. En el Concurso Nacional de Joyería, había ganado el primer premio.

Después de empezar su relación con Julián, fundaron juntos Estudio J&C.

El nombre de la empresa había sido idea de ambos. "Qué irónico..." pensó ahora.

—Ya hemos llegado —dijo Matías con su voz grave y magnética—. Es tarde. No quiero molestar a tu abuela. Ya buscaré otro momento para visitarla.

Catalina parpadeó, volviendo en sí, y asintió.

—De acuerdo.

—Descansa. Mañana por la mañana enviaré a alguien a recogerte para ir al Registro Civil.

—Vale —respondió Catalina dócilmente.

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